jueves, 12 de diciembre de 2019

Terceras notas del viaje (en curso)


Italia es un arcón personal.




Por Italia caminé como quién volviera a un sueño recurrente, a la infancia que sólo se vivió dentro de mí, al plano real del que sólo conocía una copia.

Todo nuestro yo es una suma mayor que las partes: Uno: mismo y otro. Yo soy, de una manera inexplicable y maravillosa, mi pueblo que pulsea al desierto; esos álamos, esas acequias, esos viñedos, esa cordillera en avistaje, ese montón de gente de manos partidas, de fe obtusa y mentes sagaces; ese trabajo, ese ocio mal visto; ese absurdo destino de espejo fallido. Eso que vinimos a hacer y terminamos siendo.

Lo inconcluso, en mi tierra, acá en Mendoza, es de dimensiones titánicas y, desde el inicio, imposible. Fue inaugurado como la esperanza de los desesperados y hoy es un sueño del que nos despertamos sin recordar casi nada: sólo algún color, un aire. Esta Italia con zondas y cardos rusos se ha pasmado antes de madurar: el verde, acá, es una decisión humana tomada en un despacho lejano, ejecutada por costumbre, contra toda adversidad del destino.

En Italia, La Italia, entonces, caminé como un niño o como un viejo que nunca más volvió a su tierra.

La familia. La sangre conjunta. Esa manada que se desplaza por el amor. Por un instante dejaré de lado los posesivos. Todo eso es mío y a la vez es suyo y a la vez quien sabe. Entonces diré: El abuelo, los tres hijos, la mujer, la nuera y el nieto, sumamos siete magníficos viajeros. Salimos en auto desde el perfecto jardín Suizo por San Bernardo, territorio del viento y de las cabras. Un sendero ampliado en la roca a fuerza de pisadas milenarias. Subimos casi hasta tocar el cielo, a ese lugar donde el hombre es excepcional. Ya del otro lado, todavía con hielo en los ojos, llegamos al verano donde sucedió el Renacimiento del hombre. Un acto de resistencia excepcional teniendo en cuenta los cientos de torres eclesiales que se diseminan en el paisaje. En Italia se dirime desde hace miles de años la lucha entre la belleza y la codicia; entre el exceso y el hambre. Han elegido un árbitro que se arroga diálogo con la divinidad, y en su nombre, dispone las posiciones y los ganadores. El antiguo esplendor de las fortalezas amuralladas y de las iglesias se funde con el entorno de los campos y los pueblecitos, como un enigma silencioso donde languidece el poder.

El encanto de esa tierra es la languidez. Todo es estupor en el hombre moderno que vive en ese suelo. Como si arrancados de algún sueño medieval, la gente se hubiera puesto sus mejores galas para asistir a la modernidad, en plan bufo, en una opereta donde los actores ríen llorando, y lloran mintiendo una verdad. Máscaras milenarias con cien muecas. La máscara es la persona, después de todo.

Recorrimos los pueblos por la madeja vial que se inició, terca y caprichosa, bajo un Imperio, bajo un cielo hacia donde, alguna vez y para siempre, marchó la decuria. Uno tiene la sensación de que aquí la tierra se hizo a mano, abonada por millones de voces que han viajado por los siglos en ríos de sangre, sudor y lágrimas. Italia es el gran gesto del cuerpo: su ciclo: su milagro.

Embarcados en el bálsamo romántico que circunda a los turistas ocasionales, almorzamos en Osteria dei Sognatori (adónde sino iban a ir estos cuerpos ocupados más que nada en soñar), en Alba, cerca de Asti, cerca de Barolo. Una foto del Diego, otra del Che y algunas de partisanos, presidieron nuestra pitanza. El vino de la casa nos puso en nuestro lugar. A media cuadra nos zampamos unos mezquinos y deliciosos helados de avellanas y trufas contra el calor y el mal hálito. 
Llegamos a Grinzane Cavour pasado el mediodía. La casona elegida para pasar un par de noches era amplia, con muebles antiguos y estaba rodeada de un paisaje abrumadoramente bello. Con la belleza que otorga la vid al mundo, con la nobleza que el vino crea. Las colinas, en una perspectiva que iba degradando el geométrico verde de los viñedos hacia la definitiva coronación del azul en el horizonte, suelen estar rematadas por palazzos y castillos que se han ido construyendo, declinando y vuelto a levantar al ritmo de las guerras, las revoluciones y el avatar de la sangre.

En Italia, cómo no, fuimos lúbricos y voraces. Peleando y riendo, nos comimos las horas, con ajo y oliva.

En Priola, después de recorrer los laberínticos caminos comarcanos de Cúneo, entre peleas y ansiedad, guiados por un fijo Manuel, devoramos las pizzas de un tal Andrea Brunetti. Se puede sostener que, en Italia, por cada cien intentos, sale un artista. Ese artista es también el que realizó otros noventa y nueve con resultado de chastrinada. Todos, según la ocasión y el azar, son chastrines o artistas.

Pero hay excepciones: gente que se lanza como una moneda de oro y cae siempre del lado adecuado: La pizza, también es arte, nos dijo con sus obras un sujeto joven y tímido, del que, indagando en las redes, uno se entera que ostenta un título mundial. Desplegó sobre las mesas los soles de un alimento leve del que se dispararon hacia nosotros los viejos sustentos de la raza: el ganado, los árboles, las hierbas, las hortalizas, los frutos del agua. Un arte efímero que se va enfriando como el recuerdo.

No lejos del esplendor de Barolo y de Asti, esta zona está moribunda, con grandes fábricas abandonadas que van siendo invadidas por los bosques. Priola es un pueblito perdido en todo el sentido de la palabra. Es un pueblo que forma parte de una bolsa que guarda noventa y nueve intentos fallidos. Sin embargo, en un margen de la ruta y de la derrota, leuda fragante y delicioso, el intento triunfante del arte.



Uno de esos días se equivocó el verano y los valles se llenaron de niebla y agua. Caminamos, entonces, enamorados de un Torino bajo la lluvia, amparados bajo las arcadas.  Nos guarecimos en un café en Via Torquato Tasso, frente a la plazoleta Giordano Bottero donde los árboles y el bronce se aminoran ante la historia edificada. Pedimos un baño y nos mandaron a un portón de madera a media cuadra. Por el portón se adentraba a una galería y a un patio de varios edificios. En un rincón había un baño individual de bajo presupuesto y una mujer. La ocasión trajo un saludo y un intercambio de palabras. La mujer preguntó a la Eleonora cómo se llamaba. Esas cosas universales que hacemos los adultos. Ante la respuesta sonrió y dijo: yo también me llamo Eleonora! Cuanto concluí con mis pequeñas urgencias y volví al café, las dos Eleonoras estaban sentadas en una mesa junto a la vidriera. Charlaban y reían como viejas amigas. Juro que sentí un orgullo y admiración profundos por nuestra hija de 7 años. Confiada y sociable, sin miedo al mundo, a solas con una desconocida, hablando en medios idiomas y tomando sus propias medidas ante el mundo.

Sin más guía que la lluvia, con el Irmín envuelto en un rebozo, pegado al pecho de su madre, entramos al Palazzo Reale. Quizás el mejor recorrido de los museos que visitamos. El lujo y el esplendor de sus salas, hacen que sea difícil imaginar su cotidianidad, especialmente para nuestras mentes de gente provinciana. Mis niños, llenos de guerreros y princesas,  armaron y vistieron sus fantasmas cotidianos.


Cuando, giró el planeta y el verano volvió, nos sentamos a beber la tarde y las landas en la Cantina Comunale del Castiglione Falleto. Desde ese lugar, casi sin testigos, amamos la Tierra. Con unas copas de vino encima, se nos ofrendó el presente perfecto.



Ya en el camino de regreso a Suiza, otra vez por San Bernardo, asistimos a un espectáculo sobrecogedor. Lloviznaba y entre los gigantes de piedra de Los Alpes, había vuelto el invierno. A un kilómetro por encima de la ruta, hacían equilibrio una media docena de cabras Ibex, ramoneando entre las rocas. Nos detuvimos a verlas, imponentes, olímpicas. Cuando hubimos bajado los siete del auto para mirarlas, súbitamente, uno de los animales resbaló y empezó a caer, dando tumbos entre las piedras, por un espacio de unos trescientos o cuatrocientos metros. Gritamos, imploramos, negamos ante la llovizna. Treinta segundos después, la quietud y el silencio, volvieron a escena. Anne, con lágrimas en los ojos, arrebujaba al Irmín. Éste, con la mirada fija en la ladera, se había quedado sin palabras: sólo señalaba con su dedito el punto donde había quedado la cabra. Todo el camino de vuelta, en su lengua se enredaron las palabras que decían: la cabra…cayó. El resto de nosotros, seguimos hablando de otras cosas pero, ante nuestros ojos, rodaba una cabra hacia la muerte.

Volví, unos días más tarde, a mi tierra mendocina. Conservadores de algo que nunca fue, egoístas y desconfiados, algunos rezan, otros hacen como que rezan y otros descreen de tanto rezo. Ni escéptico, ni cínico, pienso que acá, por cada cien intentos, salen cien intentos.

Y nos queda la mirada larga, esperando una nueva oportunidad, esperando que pase la historia. En eso estamos.

viernes, 16 de agosto de 2019

Segundas notas de viaje


Imaginé volver a París en tren, esta vez con mi familia. Pero, dos días antes de viajar me enteré que los trenes nos eran inaccesibles por costo y por falta de plazas. Tener un buen plan es poder cambiarlo. Mercedes aportó su búsqueda y el 8 de julio, pasadas las 10,30 de la noche, tomamos un colectivo desde Lausana a París. Un plan, esta vez, más acorde a nuestra economía de lauchas rústicas patagónicas.

La terminal de Lausana no es una terminal. Es una enorme playa de estacionamiento mal iluminada y rodeada de setos de siempreverdes que los varones regamos con alevosía contenida. Mear una ciudad no deja marcas. 

El ómnibus venía de Berna y llegó con retraso. Los pocos pasajeros que esperábamos en la intemperie fuimos subiendo luego de pasar por la supervisión de un negro adormilado que desconocía las bondades plurilinguales. Al fondo. Todo lo que se tocaba y olía allí arriba, estaba rancio. El baño estaba roto. Así que, luego de completar el pasaje en Ginebra, donde Borges despunta sus tesoros ocultos, la muerte y el sueño, intentamos dormir. Hicimos dos paradas en las 7 horas del viaje: para cargar combustible, descargar aguas y gases y ensayar un café. Llegamos, con los cogotes duros y los pelos parados, a la Gare Routiere Bercy- Seine, que no es otra cosa que un galpón hediondo con costumbres de terminal de ómnibus. Corría una brisa fresca y estaba saliendo el sol. Seguimos a un grupo de gente hasta el metro. Buscábamos la Tour Eiffel como quien va a un destino. Llegamos temprano y allí estaba, pues otra cosa no le sale. Un ejército de operarios limpiaba los alrededores de los estragos causados por los turistas del día anterior. Papeles, baños colapsados y restos de sonrisas para la foto, son cuidadosamente extraídos para generar la ilusión de un nuevo día. En la Concorde los buches compraron llaveros a un senegales y enfilamos, confundidos por el celular hacia el Arco del Triunfo y les Champs Elysees. Todos los cuatro éramos niños recién llegados al mundo. Incluido yo, a la sazón viajero frecuente y choyano. Ver los rostros felices de los seres amados con el fondo monumental de Paris es una de las experiencias más cursis y hermosas que me ha dado la vida.

Pero claro, París no es una fiesta: es, entre otras muchas cosas, un enorme mercado de esclavos. Esclavos sonrientes y sudorosos que trajinan entre la historia monumental como insectos desprovistos de curiosidad y hambrientos de emociones de utilería. Una babel repetida infinitas veces en la Nube. Sólo un dios trabajoso podría armar un collage con los millones de fotos obtenidas de Sacré Coeur, la Eiffel, Notre Dame, Las Tullerías, el Louvre y todas las edificaciones que el hombre ha montado durante siglos para mayor gloria de lo pasajero.

El hombre como producto se ofrece, con su mejor semblante, a la nada instantánea.

Pienso que, (lo siento tanto), la Gloria es una extática evanescente que sólo algunos pueden alcanzar, antes de desaparecer en el ruido. Tanto mármol, tanto lujo y sudor, para honrar los hombres y los hechos del Imperio, de la República y de la Iglesia, para que todo quede en el ámbito donde se estuvo, que no sé qué carajo es, pero enmarca muy bien la foto que les mandé a los que no vinieron y que ojalá nunca vengan, que se queden en el culo del mundo. A los parisinos mucho el tema  de esa ignorancia, no les interesa, ocupados como están en aquilatar sus rentas, mientras sospechan de la derecha, de la izquierda, del terrorismo, de los inmigrantes y de los turistas.

París enmarca  y da el fondo al estado del mundo. Una disneylandia para adultos, un jardín del edén de la existencia vacía, una pose bella, fatal y definitiva.

Pero París es, también, entre muchas otras cosas, un lugar de aventura y maravilla.

Descubrir es un acto de inocencia y de sabiduría. Es ser la moneda girando gozosa en el aire esperando caer de canto. Albur de la busca, perdición, escalera horizontal, grafiti, callejón sin salida.

París es un jardín que se puede recorrer deslizándose entre las raíces, por las galerías subterráneas, a velocidades que aterran, encapsulados, tunduques con otros diversos especímenes, en vagones de metal. De ese modo, salimos, cada tanto, a la superficie en un mundo de mampostería, cemento, mármol, bronce, hierro, piedra y luz. Un mundo a medida de los colosos que juegan a la fijeza en place de la Nation, en las alturas doradas del Pont Alexandre III o sobre la columna, en La Bastille. Pero eso es sólo el comienzo. Guardando la brújula o el google maps, es preciso dejarse llevar por bulevares, calles tortuosas que desembocan en antiguas perfumerías o en cuchitriles donde se asa cordero o casonas respetables donde se vende a la madre. Sumados a la bandada multicolor de gentes, tan exóticos y tan colonizados como el que más, caminamos, livianos de dinero, de ropa y de planes, por Cosmopolis. Durante tres días, comiendo de parados o de acostados, con las manos y con los ojos; aspirando los olores acres; con las piernas cansadas y el corazón en proa, muertos de risa, arañamos París. La ciudad piojosa y proteica que soñé leyendo a Henry Miller, la Bubu de Montparnasse, a Hemingway, es una cocotte tímida y facilonga que se asoma entre los visillos de la globalización y se entrega, generosa y lúbrica, a los turistas como nosotros, pobretones de dinero y ricachones de deseos.

Volvimos una noche a Bercy, a tomar el colectivo de vuelta hacia Lausana. La terminal, agobiada por el calor, era esta vez una amenaza repugnante. Humo de escapes, gentío y ratas caminando por todos lados. Nos acogió de nuevo el mismo guarda, al mismo colectivo, un poco más grasiento y con el baño sin reparar. Salimos de Paris sin comida, ni agua, con la tropa exhausta, a las 11,30, rumbo a la noche. En el camino paramos, de nuevo, por horas, en estaciones de servicios para para cargar combustible, descargar aguas y gases y ensayar un tentempié. Salimos de París, pero nunca se sale del todo. Hace miles de años, hace un mes, ayer, hoy, en un viaje sin retorno.

Ya no soy aquel adolescente echado en la cama de mi casa de provincias que se adentraba, maravillado y secreto, en la lectura. Casi medio siglo ha pasado desde entonces. Mi rostro se ha ajado, mi vista se ha deteriorado, mi casa y mis padres sólo persisten en mi pasado, mi país ahora es un territorio azotado por la miseria y la bronca (hay vendedores de tortas fritas, emprendedores temblorosos en la oscuridad y el frio del amanecer en la isla del río Diamante. Junto a ellos se queman unas tablas que no alcanzan a calentarles el cuerpo, ni a iluminarles el alma). Vivimos en tierra arrasada y, a pesar de todo, la mayoría de nosotros persistimos en la esperanza de doblarle el brazo al amo que nos imagina desechables. Soy un hombre mayor, consciente de que, para mi familia, seré parte de su mito constitutivo, un padre y un compañero que evocarán caminando a su lado, vital, voraz, crítico, inconformista y enamorado.



París, para ellos, será otro pasado a recobrar. Tal vez lo recorran en el futuro, y yo, ausente para siempre, iré con ellos nuevamente.

viernes, 2 de agosto de 2019

Primeras notas de viaje

Fuimos a Jerusalem como peregrinos ateos en busca de dios en los hombres. 
El tiempo de la Ciudad se apiña como un mítico animal de piedra blanca iluminado por un cielo tan claro que acostumbra pasearse por las calles. Como uno más.
Entre esas piedras, nacen y mueren los dioses en la cotidianidad de cada hombre. Se elevan, ellos, los dioses falibles, como oraciones hechas materia, oraciones en los miles de sonidos que el hombre puede entender y en las millones de formas que es imposible repetir o recordar.
Luego, en cualquier momento del día o de sus vidas, caen y se rompen, como si despertaran de un sueño. Sus restos, ojerosos y densos, deambulan con las vísceras colgando, muertas de sed y hambrientas de espíritu o de dinero, lo mismo da.
Por Mamilla Street hemos visto rostros de dioses estragados por el fornicio y la bebida. En los mercados, tapados por las miles de voces que ofrecen recuerdos cursis para turistas siempre desprevenidos, aún resuena el sonido de la venerable Ira.
Vestidos de verano, temerarios y despreocupados, atravesamos el laberinto de la Ciudad que perdieron y conquistaron todos los imperios.
Todo pasa y todo queda.
Las emociones, eso sí, las reservamos a cuestiones de sangre. Ante nuestra gente hemos soltado las lágrimas, las risas y, lo más importante, las palabras. Nuestros hilos se anudaron amorosamente en el tapiz de nuestra historia familiar. Esa madeja es infinita y nos define.
Lo sagrado discurre ahora mismo, cuando me parece tan lejos. Armados hasta los dientes y mansos como el cordero, los hombres y las mujeres, deben seguir paseándose por esas calles todavía. Inocentes y fatales. Tan mundanos, tan soberbios.
Lo sagrado es el tiempo hecho carne, no piedra. Esa es la verdad.
Pero la verdad juega el tiempo con nosotros

miércoles, 12 de junio de 2019

Invulnerable



Siempre quise ser invulnerable.
Vaya síntoma.

Soy (ahora también), una formidable cáscara con destellos de belleza; un elegante pasar, un entrecruzamiento sensual entre la lengua y la risa, una mirada en espiral hacia el otro lado del más allá. Un ser en alerta y desnudo.

Invulnerable a una amenaza a veces sorteada con dignidad, a veces intuida en un relámpago de sabiduría.  Una amenaza siempre elusiva y siempre presente, como la muerte misma.

Saber que nada vuelve y que nada se va del todo. Conocer que el amor es un caballo desbocado buscando igualar al tiempo. Ser la ofrenda que interpela, la mano que nace después de tocar los mismos dolores de los otros. Todos los sentidos que esconde esta sentencia, y que recién ahora advierto, y que guardo para mí como un tesoro.
Uno más; y uno más que uno: muchos;  y uno más que uno mismo: otros.
Ser invulnerable, ahora veo, es esto.
Saber salir y saber entrar en el mismo movimiento: esa astrofísica del deseo.

viernes, 26 de abril de 2019

El juego


Han de llegar los espíritus montados a caballo. Tropeles silenciosos de gente y bestias.
Sentado el niño junto a la ventana, los verá pasar, como si fueran de fina ceniza, juguetes del viento, relente de la siesta. Para quién nada puede ver, ni de sueño son; pero el que al menos una noche ha sido despertado por el sobresalto, ha debido abrir los ojos y, entre jadeos, dejarlos salir a la luz.
Ejército en despliegue que pasa y se queda sitiando el alma.
Cada tanto, para darse el gusto, el niño sopla muy fuerte: sabe que ese mundo baila al ritmo de su aire. Al niño le gusta ver como caracolean los caballos y se esfuma la tarde.
A sus espaldas, una mujer revuelve damascos volviéndose dulce. Sumerge la fijeza de su mirada en el remolino lento. 

Casi nada sé de mis antepasados. Solo puedo conjeturar que sus manos y sus cuerpos trabajaban con barro, con bosta, con sangre de animales sacrificados, con cueros y madera; los sabañones, las arrugas y las grietas eran su río cotidiano. Deben haberse acostumbrado a vivir la mitad de su vida en penumbras, calarse hasta los huesos con las lluvias, permanecer en silencio ante el fuego y el humo, y reírse en los descansos.
De mis bisabuelos sajones sólo tengo algunas fotos, una carta a su hija y dos tristes tumbas derruidas a 3 o 4 leguas de donde escribo. Se vinieron del espanto y el bosque, a este desierto donde el sol del verano arrasaba sus pieles, donde los árboles se hacían a mano y el progreso era una promesa aterradora que venía por la huella. De su tierra trajeron la obsesión por el control del tiempo, el secreto, la higiene y el fuego. Le enviaban cartas a su hija Luisa que viajaban sesenta kilómetros desde Cañada Seca a General Alvear. En esas cartas, llenas de caricias y de palabras de amor, le contaban fruslerías en un perfecto español de ojos celestes. Por costumbre o por inconfesadas ambiciones, la casaron, niña, con un bárbaro de ojos de halcón.
A mi abuelo paterno, que lleva muerto una eternidad, lo sé mestizo, rengo, taciturno, de tez oscura. Lo imagino rencoroso y con un humor corrosivo. Con los sentimientos guardados bajo siete sellos. Orgulloso y  perspicaz, se bisbiseaba en el rancherío que había hecho un pacto con el diablo, nada menos. Entiendo que para semejante contrato se debe ser demasiado estúpido o demasiado capacitado. Prefiero creer que este último fue el caso de mi abuelo Luis. De acuerdo a los términos, decían, mi abuelo se habría beneficiado con una regular fortuna en desmedro de un imperfecto caminar: Con un pie asentaba por completo y con el otro, de manera sucesiva, hacía hincapié en la tierra, del modo en que pisan los animales de pezuña y los ángeles caídos. Casi en la cuarentena, rico para la época y el lugar, viudo y con cinco hijos, eligió para casarse una chica de 14 años con la que tuvo más de una docena de hijos antes de morir en el intento, arrastrado por el cáncer. Luego de declinar una vida de estudiante deseada por un padre versado en anaqueles jurisconsultos, se había hecho de capital como cuatrero, recorriendo los pasadizos cordilleranos cursados con su madre india. Administró con desconocido resultado propiedades en Real del Padre y, de manera para mí también desconocida, montó un matadero para abastecer unas 2000 almas arraigadas junto a las aguas del Atuel. No sé como conoció a mi abuela, ni de qué estaba hecha su atracción. Tal vez sólo se sirvieran para algo, tal vez hayan llegado a desearse o a reírse juntos.
Mi abuela materna, casada niña y viuda joven, parece que se pasó la vida tratando de cuadrar lo sinuoso. A poco de formar su propia familia, fue el centro excluyente, el ojo crítico en el panóptico, la sacerdotisa y deidad de un culto para pocos: sus hijos. En las fotos se la ve regordeta, no especialmente agraciada, con un toque acerbo en los labios, dominante. Sospecho que, en su isla particular, la vida se sometía a los arbitrios pausados del reloj, al escurrir de la lejía y el jabón, al pensar en lo que no fue y en lo que no será durante la cocción de comidas para un cuartel: un adagio donde las notas no se saltaban. A poco de morir su marido, obvió el luto, se disfrazó con sus hijos y se apareció en el corso, joven y joven otra vez. Dicen que se rió como nunca. Tal vez por venganza, o por deseo refrenado, o porque entendía que para ella no corrían las reglas no escritas de esa sociedad, al año y pico de muerto mi abuelo, parió e hizo inscribir con nombre de Kaiser, al último Sáez. Murió, muchos años después, dentro de su círculo sagrado, en donde la Ciudad de Mendoza se confunde con la de Godoy Cruz. Nunca la vi. Pero sé que andaba en mi padre cuando le daba cuerda al reloj, cuando se lavaba las manos, cuando hacía silencio.
A mis abuelos maternos los conocí, pero sólo como nieto. Él era un gallego de El Ferrol, picapedrero, amoral, huérfano y bastardo por elección. En una vuelta de la vida, perdió a su familia. Tal vez era necesario que así fuera: creo que nunca lo oí hablar de su padre, ni de su madre, ni de sus hermanos. Debajo de su gorra hervían los secretos inconfesables. Quizás estaba, también, maldito. Comía y bebía al mismo tiempo, compartía las  opiniones de la izquierda, pero como si le llegaran en telegramas arruinados por la lluvia. Se dormía escuchando de manera alternada, Radio Moscú y las descargas del éter. Llegado, pasada la treintena, a la Argentina, recorrió, ignorante y decidido, algunas ciudades y caminos y fue a dar a las Sierras de Córdoba. Y allí, no sé cómo, se fijó en mi abuela. Al final, pasados los 80 años se murió casi sin barullo. No hubo nadie en el mundo que lamentara su pérdida. Ni uno.
La vida de mi abuela tuvo algo más de brillo. Vino con sus padres de la Italia por la que el Imperio sólo estuvo de paso, en los recovecos alpinos. Sus abuelos y padres compartían allí la suerte y el cobijo con las bestias.
Ella contaba que mi tatarabuelo usaba un aro, hacía quesos del tamaño de tambores, y así de sonoros en la madurez de la pasta. Lo llamaban de las comarcas vecinas, contaba ella, como a un sabio que curaba los males curables del cuerpo y de la sangre. Mi bisabuelo materno fue a una guerra y se pasó el resto de la vida matándola con alcohol. A pesar de esas brumas era capaz, dicen, de competir con avezados ingenieros a la hora de construir casas perdurables. Mi bisabuela, la Nona, nunca salió para mí de la silla en el portal de la casa de Cosquín, donde mi mente la recuerda, bajita, viejita y de idioma cerril.
A la edad donde termina el sueño de la niñez, con dieciséis años, mi abuela se casó con mi abuelo, que la doblaba en edad. Dos hijos y años después, mi abuela pasó bípeda y grácil ante su padre que limpiaba una escopeta, al instante, ante un disparo escapado, dejó de ser, para siempre, la misma: perdió la pierna derecha, la gracia y  los sentimientos. Con obstinada codicia y tiempo, fue amarrocando el esquivo capital del avaro. Incapaz de cocinar de manera decente un bife, abrió restoranes para mineros y desprevenidos; prestó con usura dinero a diablos más pobres que ella y lo recobró mirándolos a los ojos sin un atisbo de compasión; siendo vieja y con pierna postiza aprendió los rudimentos del manejo de automóviles (nunca pasó de los sesenta kilómetros por hora, ni de la segunda marcha). En una nave reducida y en compañía del viejo, tuvo el coraje o la temeridad de viajar hasta Córdoba. Supo tener un jardín, paraíso de caracoles, plagado de flores, uvas y mariposas. Su corazón cojo volcaba allí su dedicación: sólo alguien que no puede amar tiene tanto éxito con el reino vegetal. Con voz pausada y algo ronca me contó todos los cuentos en uno. El argumento del ratón que amaba a la hormiguita y se quemó en una olla hirviente era inflexible, aterrador. Un cuento sobre el destino de las pasiones excesivas. 

El niño no sabe que piensa en ellos cuando imagina la libertad.

En esas personas atadas a sus carros mi yo maduro reconoce este cabrestear permanente, estas y otras palabras al aire, esta incorregible mirada que desmonta lo que parece determinado, este sueño de rebeldía.

El niño no sabe desde que confines  remotos viene cayendo su propia ficha de dominó. Mira y divaga, mientras su madre, mi madre, prepara mermelada de damascos, antes de entrar, ella también, para siempre en el pasado.

Hacer esta prehistoria es un intento de iniciar otro juego. Nada demasiado trascendente, pienso.

 Después de todo, todo juego es mortal.

jueves, 14 de marzo de 2019

Ilusiones



Pienso: nunca han sobrevolado los buitres esta ciudad perdida; nunca el hedor de la sangre se ha expandido como una nube densa de moscas; no hemos tenido que lidiar con las imágenes de los rostros desencajados de los vecinos, ni con el grito múltiple, ni con el barro salado. Qué suerte de novatos; buena o mala.
Pienso, también, en lo nuestro, en la densidad del dolor por cuadra, por cada cien metros lineales de casas; en la tasa de sufrimiento familiar medida en estómagos estrujados, en cuellos vencidos por el peso, por deudas impagables con el pasado, o en mora ejecutable con el futuro. Cenizas de vanidades esparcidas al viento de la muerte lenta; espléndidos proyectos adolescentes atendiendo rapipagos, cambiando los días por dos con cincuenta, desfalleciendo entre paredes insalvables. Sin preguntas al aire, sin respuestas de dios ante el espejo.
Pienso, también en mí. Pienso, más que nada, en quitarme importancia. En tratar de fluir entre luces que se hunden, veloces, en el ayer. Estos ojos preciosos que han visto todo y que viven para contarlo, aún no han visto nada. Soy otro iluso, ya lo sé. Tengo incluso, la ilusión de la diferencia.
El miedo está construido con las precisas medidas de nuestras capacidades, como un enemigo perfecto. El camino, en cambio, nos excede, va más allá. Plus ultra, pues.

viernes, 8 de junio de 2018

Yo, mono



Éramos como una banda de monos. Babuinos o mandriles, pero sin cola. Nos movíamos a la sombra de los adultos como una turbulenta comunidad de primates de ojos brillantes, dientes desparejos y talones mugrientos. De a pares, de a tríos, cuatro o cinco, graves y poderosos. La siesta era nuestra, como si todo se suspendiera ante las fuerzas del mundo en esas veredas de barrio, junto al agua de las acequias.
-          Dónde está el Chiquito?
-          En las moreras.
El Chiquito era huérfano, o algo así, y lo criaban gentes de bien. El padrastro usaba siempre ropa de grafa y trataba con las cañerías tapadas del pueblo. Iba a sus trabajos en bicicleta, con un balde con herramientas en la parrilla: piqueta, tenazas, alambre, cepillos. Presumía de conquistar muchas mujeres que tapaban los baños con sus pilosidades y requerían atenciones discretas. La madrastra, era gemela de la madre de mis otros amigos. Juntas iban a la despensa y a la verdulería; caminaban como dos perdices erectas y veloces: seres dobles de almas simples. El Chiquito, por huérfano, era el mono más solitario y necesitado de todos nosotros.
Con la honda al cuello y movimientos erráticos como el de la luz que atravesaba las hojas de los árboles, nos íbamos a las moreras de la Moreno, entre Rivadavia y San Luis. Trepábamos con la facilidad de una sonrisa, de pantalones cortos y huevos al aire.
Pasábamos, entonces, los ratos tomando, con ademanes de monos frenéticos, las moras de las ramas cargadas. Moras moradas y moras lilas y moras blancas. Las llevábamos después a las bocas. Allí se transformaban en manjares espumosos, en ramilletes burbujeantes de jugo y saliva. Así hasta que el jugo nos llegaba a la garganta y nos descubríamos ahítos.
Después, entre las hojas, a hacer puntería con las escupidas, espiando a las gentes que iban a sus trabajos de la tarde; bajar y volver a casa con la remera manchada.
Una vez, hice tinta con el jugo de las moras. Mi tinta. No me acuerdo que llevaba la receta. Tal vez alcohol, tal vez agua jabonosa o jugo de limón. No era una tinta cualquiera. Sólo podía ser usada en misiones delicadas. En principio, mi tinta necesitaba un papel especial. Las hojas de una biblia hubieran estado perfectas, pero en mi casa la biblia tenía la sacralidad negada o eclipsada por varios otros libros: una historia más entre miles de historias. Necesitaba un papel delgado, casi con el espesor de un ala de mariposa, ese recipiente que lleva los mejores mensajes a los amores fantasmas.
Encontré un libro de oraciones en alemán escrito en gótica. Seguramente perteneció a mis abuelos. Me pareció imperdonable que esa joya no tuviera un dueño o dueña declarado en la primera página. Escribí entonces, con mi mejor mala letra, algo así como “Este libro pertenece a don Santiago Forster” y le estampé una firma al pie con unas volutas que pretendían ser, vanamente, antiguas y refinadas. Debo decir que el hecho me dio algo de culpa, por lo que me abstuve de usar la tinta por mucho tiempo. Creo que nunca más.
Es una pena. Porque yo tenía algo que decirme a este que soy ahora. Algo importante: un arcano. Una frase como:”Ey, me siento sólo” o “Me gustaría transformarme en otra cosa”, un superhéroe o algo por el estilo. Yo llevaba ese mensaje conmigo, pero no sabía a quién dárselo. Probablemente me faltaba papel.
Lo irónico es  que yo, ahora, necesitaría leer ese mensaje que nunca escribí.
La tinta, para mi sorpresa, pasó a la posteridad con un elegante tono grisáceo que vaya a saber de dónde sacaron las moras.
Con los años, por fin, encontré el papel indicado. Pero ya el tiempo había pasado.
Mientras escribo esto, me aguarda afuera, en el alfeizar de la ventana, mi cigarrillo armado. Tiene un tabaco belga medio acañonado, con sabor a vainilla. Escribo un párrafo o una línea que me gusta, y salgo a dar una pitada para sumarle un pulso a la helada oscuridad de esta noche de junio. Junto a mí, está el paquete de tabaco y el librito de papel de armar. Si yo tuviera aquella tinta, escribiría en ellos mensajes destinados a la posteridad, en frágiles papeles de arroz a los que el viento del tiempo pudiera llevar a algún destinatario. Alguien que, en su niñez haya aspirado a transformarse en otra cosa, en un superhéroe o algo así. Alguien que quisiera revertir la realidad. Alguien que siempre estuvo buscando un sueño montado entre las ramas de una morera llena de fruta.
Ese mono impune que anda por acá.

martes, 11 de abril de 2017

Emplazados

Hay una foto que encontré este fin de semana. No recuerdo en que circunstancia fue tomada. Son tantos los que están como los que faltan. Es en blanco y negro, pero el tiempo la ha llenado de sangre. La tomó el fotógrafo de la Plaza San Martín. Debe ser de fines del año 79 u 80.

Empezando desde la izquierda está mi abuela Gisa. Tan erguida y decidida, con su pierna de plástico y sus pechos en punta. Sus arrugas y su olor; sus movimientos de chica metida en cuerpo de vieja; su épica conducción inválida de un fiat 600, guardan su precaria eternidad en mi memoria. La Gisa tenía los ojos de un primer celeste. Un celeste tan puro como necesitado de mejoras. Le gustaba contarme que mi papá, antes de que yo naciera bautizó despectivamente a ese color como “gargajo de leche”. Después que yo pude abrir los ojos, pasado mi mes de vida, cuando me animé (o me digné, nunca se sabe) a mirar a mi alrededor, ella tuvo su venganza. “El Polito ha sacado mis ojos, Carlos”. Mi abuela construyó un imperio del tamaño de un jardín. Lo llenó de calas, amapolas, caracoles y gallinas. Cambiaba las uvas del parral de la casa por unas pocas damajuanas de vino rosado, que mi abuelo, ese bastardo, tomaba en vasos de tonalidades azules. Una casa con dentaduras postizas sobre las mesas de luz y pelelas bajo la cama. Una casa llena de fantasmas que andaban por el cielorraso dedicados a gastar sus días en asustar gente. Una vez, haciendo mi primer viaje a Buenos Aires, en un colectivo sin baño, con mi hermano Ñacuñan, lo escuché decir: “La casa de mi abuela tiene fantasmas en el techo”. Me quedé helado. Yo también los había presentido y nunca lo había comentado con nadie. Ahora que mi propio hermano es un ánima tal vez sepa algo más de todo ese mundo que no tengo permitido conocer, ni por creencia, ni por formación.

Ñacuñan es el siguiente en la foto. Empezaré por un lugar común, tan luego para hablar sobre él. Lo paradójico es que para la absoluta voracidad con que vivió su vida, las palabras sobren, falten, se desajusten, caracoleen sobre cada una de las descripciones que intento. Por ejemplo, su risa. Sólo se puede entender hablando con quienes lo conocieron y se contagiaron con sus carcajadas. No hay palabras para su risa, ni para sus caricias, ni para sus ojos, mirándote. En la foto se lo ve bronceado. Es decir, obsesivamente bronceado, casi hindú. Seguro que la foto fue sacada en verano. Pasaba horas enteras, tirado al sol. En un catre endeble, con motivos verdes y azules. Ahí, mientras se freía lenta, voluptuosamente, leía veloz, voluptuosamente. Y un poco así era su vida con un cuerpo siempre expuesto, apasionado, a los elementos de la vida, las comidas, los otros cuerpos, las músicas, los viajes, las palabras; con una mente explorando frenéticamente lugares desconocidos, en búsquedas temerarias, en asociaciones imprevistas. Todo en una vorágine que consumió en su escaso tiempo de vida. Una vida que sigue siendo todas las vidas sin parecerse a ninguna. En el momento de la foto es probable que todavía no hubiera cruzado el mar y estuviera impaciente por llegar a algún puerto seguro.

La tercera es la Lola. Mi vieja. Andaba por el mundo tan insegura como certera. Era bajita y miraba las cosas con un verde que ya quisieran las aceitunas para ellas. Vivió pasando pruebas que la excedían, apelando a su ternura. Nos crio como pudo, viendo como cada uno de nosotros se afanaba en vivir en paralelo a lo establecido, pensándose a sí misma como una persona común y corriente rodeada de partículas humanas alocadas. En la época de la foto ya mi padre había estado desaparecido, detenido y aparecido por el terror que no supimos conseguir. La aplanadora militar había pasado por nuestra casa y nos había dejado con la vida al aire. Durante largos 8 meses, ella y mi abuela nos mantuvieron, perplejos y rabiosos, con escaso dinero y mucho miedo. La Lola es un ejemplo de que la valentía es un trabajo sobre las limitaciones autoimpuestas. Caigo en la cuenta de que nunca vivió en el mundo que quiso y por el que abogó cada uno de sus días: un espacio común, solidario y de buenos modales. Muchos años después se murió en mis brazos, pensando que el egoísmo era algo así como una mala educación que se podía reencauzar. Ahora, que sería incapaz de negarme a su amor, sus manos no pueden acariciarme. En la foto, como fue en vida, estoy cerca, pero casi sin tocarla.

En el medio, abajo, abrazada, cual loza delicada, por el Ñacu, está la Tania. La Tania es otro ejemplo de como la ternura puede ser un arma letal para la adversidad. En esa foto no creo que ella soñara que iba a formar una familia y que ella iba a ser el alma de esa familia. Cuando tenemos un hijo, solemos tener un plan. Nunca supe cuál fue el plan para con ella. Tampoco me corresponde saberlo, por supuesto. Tal vez el nombre, Tania Alcira, la predestinaba para ser una revolucionaria, una flor de acero, pero ella siempre prefirió quedarse al amparo de los mimos, tan pichoncita, tan hermosa. Acompañada, con paciencia y esfuerzo, hizo su huerto familiar donde luce como una flor. A veces de acero. A ese espacio confluimos todos los que quedamos. En ese espacio esta manada dispersa vuelve como al agua.

Por fin, estoy yo. Ese que estaba lleno de miedo y rabia. Ese que no sabía quién soy 35 años después. Ese que he ido reforzando y diluyendo a fuerza de golpes y amores. Allí, hacía poco que había terminado la secundaria, estaba descreyendo de todo lo que me había llevado hasta ese momento. Ya estaba conociendo a la runfla, dormía mucho para no soñar tanto y era un convencido de que el universo me debía algo por el simple hecho de estar. Escribía pobres poemas a mis amores no correspondidos, entre paja y paja. Sabía que iba a ser escritor pero no tenía ningún proyecto literario. Leía mucho, a un costado de la vida. Novelas y poesía. Los rusos que había en mi casa y algunos libros que me había empezado a agenciar. Era hermoso, pero casi virgen. Yo no lo sabía, pero había dejado atrás el terror de las noches eternas en que mis padres me dejaban sólo, para protegerse del proceso militar. Esas noches en las que el patio y el techo de mi casa eran una jungla de sonidos amenazantes. Lo que sí sabía es que estaba en una bisagra: terminada mi infancia, mi secundaria y, pronto, mi vida en casa de mis padres, tenía que decidir quién iba a ser yo. La multitud de caminos me paralizaba. Desechando los comunes y aspirando a la perfección, sólo veía el desierto por delante. En esa época empecé a hacer dedo. No había plan de viaje. Los destinos eran difusos y se modificaban en cuestión de horas, por designios de conductores que nunca eran, del todo, yo mismo. He sido, más que nada, un hombre que ha ido haciendo malabares en medio del fuego cruzado; por cada herida recibida he construido una nueva piel. Sobreviví. El mapa es incorrecto, pero conozco los puntos cardinales. Mi aguja imantada está fija en mis amores.


Aquellos ojos que me miran desde la foto ya no están ciegos, puedo rastrearlos a través del tiempo. Aunque el viento trabaje sobre su arena ineluctable.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lezaher's

Corrían los años setenta y a media cuadra de mi casa existía otro mundo.
El lugar era atendido por su propio dueño y era un hueco en el espacio banal de la Moreno: una covacha donde habitaban seres maravillosos que olían a tinta.
El dueño se llamaba Leopoldo Zavala Hermoso, pero nadie lo conocía por ese nombre. Tal vez él se había encargado de que eso sucediera; tal vez, mediante un pase misterioso había borrado su nombre sagrado. La gente y sus clientes lo conocían como “El viejo de la barba” o, “Don Zavala” o “Don Lezaher’s”. Este último mote ya nos da una idea un poco más clara del personaje.
Lezaher’s decía el cartel tipo carpita que el viejo sacaba y guardaba cuatro veces al día. Era el nombre la librería y papelería y estaba formado por las primeras sílabas del nombre del caballero. Sonaba exótico, pero se trataba de un simple truco que cualquier hijo de vecina podía realizar. De hecho, a dos cuadras, existía el autoservicio “LopMan”. Debiera reconocerse que, a principios de los ’70, estos López Manzano eran unos adelantados en la manera de vender sus mercancías en el pueblo pero, a la hora de colocar el nombre a su negocio, eran gente a oscuras.
Don Zavala, de tan oscuro que pretendía ser, se me fue aclarando con los años.  Era morocho, petiso, relleno, de cráneo afeitado y barba blanca hasta el pecho. Tenía ojos saltones y olía de forma bituminosa, como huelen los que no se bañan, pero tampoco transpiran: como deben de oler los solitarios. Aunque era sordo y se apantallaba una oreja para entender lo que le decían, creo que cantaba en algún coro, merced a una voz cavernosa que intercalaba con un siseo que parecía salirle de los dientes. Cuando yo lo conocí, usaba siempre un traje azul lleno de lustrín. Si los fríos eran extremos se calzaba un sobretodo color cuis. Cuando ardía la canícula vestía una camisa blanca con tiradores. Dicen que había sido ferroviario, pero no se veía hombre de herramientas tomar.
El negocio era pequeño y, al parecer, infinito. Después de cruzar una suerte de jardín abandonado, uno llegaba a la puerta, bajaba un escalón y entraba a un recinto de tres por tres. Pasaban un par de minutos hasta que la vista se acostumbraba a la penumbra. De a poco, uno iba descubriendo que las paredes, los anaqueles, las vitrinas, el piso y el mundo estaban llenos de libros. Pilas y pilas de libros con estrechos pasillos por donde uno no circulaba, sino que se acomodaba. Detrás del negocio, el viejo tenía su casa. A veces salía con una taza de té en una mano y varios libros en la otra. Aunque nunca entré a la misma, se podía inferir que toda la casa estaba infestada de libros. Había de todo: Mme. Blavastky, el libro de Geografía que nos exigía la Lorenzoni, el Agüita Clara para tercer grado, la colección Todo es Historia, diccionarios y libros en inglés y en francés, números atrasados de la fantástica El Correo de la Unesco, Borges y Chico Carlo: de todo; y lo que no estaba, se pedía y llegaba a los pocos días. Entre los libros, con unas gafas inestablemente montadas en la nariz, don Zavala nos atendía. Yo era un niño tímido, de escasos recursos y de voraz curiosidad literaria. Con la excusa de comprar un mapa o una goma de borrar, iniciaba charlas improductivas con el viejo. Yo creía en la revolución, él en la transmigración; yo en la política, él en la teosofía; yo en los desbordes, él era célibe. Los dos teníamos la verdad y ninguno la tenía. Yo era un niño adolescente y él era viejo mucho antes de esa edad. Los dos estábamos bastante solos.
Mientras don Zavala se abstraía en especulaciones sobre el poder de los chamanes hindúes o las profecías escritas en sánscrito, yo hojeaba libros, revistas, comics. El viejo, aunque fatuo, no era tonto. Siempre trataba de venderme algo. Es decir, de convencerme que yo necesitaba convencer a mis padres sobre lo imprescindible de alguna adquisición. Claro que él pretendía venderme a Lobsang Rampa y yo estaba interesado en Dostoievski o en Françoise Sagan. No sé como se llama esto en economía, pero la ley de la oferta y la demanda andaba medio estrábica entre nosotros.
En su espelunca, don Zavala tenía, al parecer, la mayor existencia de partituras musicales del pueblo. La música, la Música digamos con propiedad, por esas épocas, no incluía el rock. Con suerte y gusto algo más popular, se podían conseguir obras de Waldo de los Ríos o de don Ariel Ramírez. La Música escrita era para gente parecida a la que se dedica a las matemáticas: Señoras con tapados de cuadrille y pelos con tocas inverosímiles, jóvenes con pinta de testigos de Jehová, niñas perdidas de zoquetes blancos. El viejo los atendía y les recomendaba partituras como quien cuenta con una finísima carta de empanadas espirituales. Esas visitas, interrumpían nuestras conversaciones y me daban oportunidad de chusmear, de vivir la fascinación en modo papel impreso, de imaginar derroteros por mapas plagados de aventuras, de enamorarme de seres etéreos.
Cerca del fin de mi secundaria, don Zavala se jubiló. Por primera vez lo vi animoso, atareado. Había juntado dinero durante toda su vida para irse a conocer la India. Y se fue. Y se bañó en el Ganges mágico donde la gente vuelve a bañarse en distintas vidas. Probablemente conoció a algún santón, lo acollararon con flores y se regaló comidas abundantes en especias y en curry.
Poco puedo especular sobre ese viaje y mucho menos comentar. Cuando él volvió de la India, un poco más viejo y siempre sólo, sus ojos guardaban todavía imágenes exóticas que sus labios jamás pudieron describir. Yo ya estaba de novio y me estaba yendo hacia donde hoy me encuentro. Casi no pude oír su voz relatando su experiencia. Sólo sé que poco tiempo después envejeció de repente. Preso de la sordera y de haber palpado el imposible sentido de su vida, vendió todo y desapareció para siempre. La casa fue reformada y allí vivió o vive una familia como las otras.
Fue maravilloso conocer ese lugar oscuro y lleno de misterio, esa librería en el barrio; con una persona tan por fuera de estas series que hoy son tan comúnmente moldeadas por los medios y el mundo del consumo. Mi educación fue más completa, mi vida fue mejor, merced a (o a pesar de) este sujeto. Ahora el mundo se ha aproximado y se ha hecho mucho más ajeno: La diferencia suele dejarnos indiferentes.
La compra más grande que realicé en Lezaher’s fue una colección discontinua de Misterix de los años 50, que el viejo, se nota que en plan de limpieza, había sacado a la venta. Aunque había algunos repetidos y otros incompletos, el precio era tan irrisorio que, hasta un servidor, pobre como una laucha, podía comprarlos. Creo que ahí aprendí que para realizar un negocio es preciosa la oportunidad. Yo estaba ahí el día en que el viejo decidió vender esa mercadería. Esa mercadería, aunque defectuosa, era para mí. Pasé semanas amparado bajo esos personajes, descubriendo la vida en pulcros cuadraditos emborronados con tinta china.  La tinta, eso es…la tinta.

Para mí, el despliegue del olor a tinta al abrir un libro nuevo, esas mariposas negras e invisibles que llenan el aire, siempre me recordará esa librería a media cuadra de mi casa. Donde había otro mundo en este mismo.

martes, 12 de mayo de 2015

La Perrera


Fui culillo en la década del 60. Nacido y criado donde se terminaba el asfalto de la Moreno, del lado de la tierra.
Por esas épocas las calles, casi libres de autos y motos, eran nuestras: es decir, de la barra, que jugaba a la pelota, de día, y a las escondidas, por las noches, cruzando y descruzando la avenida. De nosotros y de los chocos.
Perros había muchos, eran tirando a marca perro, dormían afuera, se amaban a lo perro en las veredas y comían sobras. No era raro verlos atacando la basura, que entonces se ponía en cajones de fruta en desuso. Fieros, amenazantes para los foráneos, los que eran de la Rivadavia para acá o de la Urquiza para allá, los chocos eran amos y nunca mascotas. Todos ellos, sin excepción, le temían a la Perrera.
La Perrera venía precedida por los ladridos y el halo del terror. Un rastrojero sapito o algún vehículo semejante, con una jaula atrás y dos o tres criollos diestros con el lazo en el paragolpes trasero, eran la Perrera Municipal. En el personal había un tal Videla que era del barrio y uno creo que Taboada, de sombrero de paja y bigotes de línea, el más temido, el del brazo certero.  
Ya cuando cruzaban la Rivadavia, estirando el cogote, uno podía ver a las viejas y a los niños guardando a sus “picarones”, “perlitas”, “tobys”, “colitas”, “sultanes” y “capitanes”. Recuerdo el griterío, las corridas, los llantos en el terragal, el barrio súbitamente alterado por la mala nueva.  
El procedimiento parecía sencillo. Los tipos saltaban del paragolpes, revoleaban el lazo, pillaban un perro, lo izaban hasta la jaula y allí lo ponían junto a los demás. Parecía sencillo, pero haciendo un cálculo aproximado, chapaban uno de cada diez: perras paridas, cachorros, chocos viejos, rengos o enfermos. Los otros, saltaban acequias, cruzaban como bala las rejas, los tapiales, los portones, y se perdían hasta que vinieran tiempos mejores. A veces, por esas cosas, también atrapaban perros jóvenes, fuertes, que se defendían tirando mordiscones y espumarajos a las manos de los municipales.
Las mujeres y los niños rogaban, pedían por sus perros, pero no había modo. Los rostros de los captores se mantenían impertérritos. A lo sumo, los tipos informaban que uno debía acercarse a las dependencias municipales, pagar una multa y otras cuestiones formales que casi nadie entendía.
Pasada la cacería, el barrio se quedaba en calma de nuevo. En calma, pero un poco más triste. Nosotros, la barra de los Morán, el Negro Robles, el Topo, el Chiquito, el Derli, los Redondo, nos sentábamos a los costados de la acequia y hablábamos mientras tirábamos palitos al agua: “Dicen que los matan”, empezaba uno y todos mirábamos la corriente. “Dicen que los ponen en una cámara de gas, y los matan”, continuaba. Y el resto escupía en el agua y tiraba otro palito. Aprovechando el secreto que les daba la caída de la tarde, algunas lágrimas rodaban por nuestros rostros de niños e iban a caer, también, sobre esa agua que, dicen, se parece al paso del tiempo.

Años después la cacería se extendió a los seres humanos, pero esa es otra historia. Una historia de terror y tristeza que nos la deben a todos y que no habrá agua que pueda lavar.

miércoles, 11 de junio de 2014

El global

Tenía 20 años y era un episódico jugador de fútbol.
Éramos campeones del mundo y también un pueblo desesperado por los gritos de espanto; un pueblo donde ser joven era estar cerca de la muerte o estar muerto. Una tierra arrasada.
Yo jugaba a la rebeldía más que al fútbol, pero en el fútbol disfrutaba de unos módicos logros. No a ganar o a perder, no. Nunca aprendí eso. El triunfo y la derrota, ya lo sabía, eran sólo estados del juego, azares. No jugaba a eso, no juego a eso. Mis logros futbolísticos eran evanescentes y por eso, celosamente los llevo guardados. Jugar a la pelota es, para mí, algo trascendente: equivocarme en un pase o en una decisión me llena de angustia. La media docena de jugadas afortunadas que hago por partido, colman mis horas posteriores y me endulzan los momentos previos al sueño. Y eso vale todo el empeño, las patadas, el acido láctico que me convierte en una suerte de robocop cuando me levanto al baño a mear en la noche. Mi orgullo son esas jugadas. Es como conquistar a la linda.
Soy del montón, tirando a bueno. Mis límites, también, son de montón. Ni tan tan, ni tampoco tan poco.
En esos días en que me sacaron la foto habíamos armado un malón de alborotadores, borrachines y fumones, para jugar a la pelota. Alguien, que todos tenían sus contactos con el submundo, armó un partido con los oficiales y suboficiales asentados en el 7º de caballería(es curioso, ahí tuvieron desaparecido a mi padre un tiempo; ahí trabajo ahora, que se ha civilizado el espacio).
Nos llevaban, jugábamos, comíamos un asado provisto por las arcas del estado en el casino de oficiales y nos traían de nuevo al centro. Ese era el trato.
En el trato no estaba que les ganáramos 5 a 1, que yo hiciera tres goles, que nos emborracháramos con una damajuana de infame vino rosado al final del partido. Pero pasó. Y además pasó que, por casualidad, dentro del regimiento, ya completamente ebrios, viéramos como raneaban a un colimba amigo. Uno de nosotros, no me acuerdo si el Pin o el Miguel, se bajó del Mercedes verde que nos iba a llevar a casa, a pegarle unas trompadas al cabo o lo que carajo fuera el verdugo. Y entonces pasó esa jugada, que también llevo en el bolsillito del pecho. Quince inadaptados, marginales, subversivos, gritando, vomitando, meando, piña va, piña viene, dentro del regimiento.
 Nos subieron, luego, no recuerdo como, al camión y nos despacharon hacia el centro de la Ciudad. La gente que vio pasar a ese camión del ejército se restregaba los ojos. En ese camión del ejército, utilizado siempre para la muerte, se cantaba: “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”. Se cantaba. Y se reía.
No nos podían matar a todos, después de todo. Que lo supiera el mundo.
Todos menos yo terminaron en una comisaría. Yo, puteando y vomitando en el baño de la casa del Tochi. Odiando que el alcohol me arruinara la felicidad. Tres goles, la puta madre, y a los milicos. Quién me quita lo cantado?
Esto viene a cuento porque quería hablar del mundial. El global, mejor dicho.
Después de la foto vinieron el de España, el de Mexico (quién le quita al Diego el gol a los ingleses), el de Italia, el de EEUU, el de Francia, el de Corea Japón, el de Alemania y el de Sudáfrica. Ahora el de Brasil.
Y mis sentimientos son encontrados. Estaré, como un orate, frente al televisor, gritando y puteando. Seguro que asustaré a los niños con esos arranques. Pero, me pregunto, estos pibes, son de verdad? Tienen un barrio, unos amigos, unos padres, una patria, en suma, por la cual jugarse las flores más sagradas de la juventud? Son de los nuestros? Saben de que hablo?
No digo ganar o perder, que eso son azares, digo la gloria, digo la euforia, digo, buscarán trascender?

Recordarán la tierra, el dolor, los estragos de la pobreza, nuestra tan nuestra manera de estar en el mundo? Que así sea, que sólo así sea, y como dice mi tío Ruso, a la cancha y con nobleza!