martes, 11 de abril de 2017

Emplazados

Hay una foto que encontré este fin de semana. No recuerdo en que circunstancia fue tomada. Son tantos los que están como los que faltan. Es en blanco y negro, pero el tiempo la ha llenado de sangre. La tomó el fotógrafo de la Plaza San Martín. Debe ser de fines del año 79 u 80.

Empezando desde la izquierda está mi abuela Gisa. Tan erguida y decidida, con su pierna de plástico y sus pechos en punta. Sus arrugas y su olor; sus movimientos de chica metida en cuerpo de vieja; su épica conducción inválida de un fiat 600, guardan su precaria eternidad en mi memoria. La Gisa tenía los ojos de un primer celeste. Un celeste tan puro como necesitado de mejoras. Le gustaba contarme que mi papá, antes de que yo naciera bautizó despectivamente a ese color como “gargajo de leche”. Después que yo pude abrir los ojos, pasado mi mes de vida, cuando me animé (o me digné, nunca se sabe) a mirar a mi alrededor, ella tuvo su venganza. “El Polito ha sacado mis ojos, Carlos”. Mi abuela construyó un imperio del tamaño de un jardín. Lo llenó de calas, amapolas, caracoles y gallinas. Cambiaba las uvas del parral de la casa por unas pocas damajuanas de vino rosado, que mi abuelo, ese bastardo, tomaba en vasos de tonalidades azules. Una casa con dentaduras postizas sobre las mesas de luz y pelelas bajo la cama. Una casa llena de fantasmas que andaban por el cielorraso dedicados a gastar sus días en asustar gente. Una vez, haciendo mi primer viaje a Buenos Aires, en un colectivo sin baño, con mi hermano Ñacuñan, lo escuché decir: “La casa de mi abuela tiene fantasmas en el techo”. Me quedé helado. Yo también los había presentido y nunca lo había comentado con nadie. Ahora que mi propio hermano es un ánima tal vez sepa algo más de todo ese mundo que no tengo permitido conocer, ni por creencia, ni por formación.

Ñacuñan es el siguiente en la foto. Empezaré por un lugar común, tan luego para hablar sobre él. Lo paradójico es que para la absoluta voracidad con que vivió su vida, las palabras sobren, falten, se desajusten, caracoleen sobre cada una de las descripciones que intento. Por ejemplo, su risa. Sólo se puede entender hablando con quienes lo conocieron y se contagiaron con sus carcajadas. No hay palabras para su risa, ni para sus caricias, ni para sus ojos, mirándote. En la foto se lo ve bronceado. Es decir, obsesivamente bronceado, casi hindú. Seguro que la foto fue sacada en verano. Pasaba horas enteras, tirado al sol. En un catre endeble, con motivos verdes y azules. Ahí, mientras se freía lenta, voluptuosamente, leía veloz, voluptuosamente. Y un poco así era su vida con un cuerpo siempre expuesto, apasionado, a los elementos de la vida, las comidas, los otros cuerpos, las músicas, los viajes, las palabras; con una mente explorando frenéticamente lugares desconocidos, en búsquedas temerarias, en asociaciones imprevistas. Todo en una vorágine que consumió en su escaso tiempo de vida. Una vida que sigue siendo todas las vidas sin parecerse a ninguna. En el momento de la foto es probable que todavía no hubiera cruzado el mar y estuviera impaciente por llegar a algún puerto seguro.

La tercera es la Lola. Mi vieja. Andaba por el mundo tan insegura como certera. Era bajita y miraba las cosas con un verde que ya quisieran las aceitunas para ellas. Vivió pasando pruebas que la excedían, apelando a su ternura. Nos crio como pudo, viendo como cada uno de nosotros se afanaba en vivir en paralelo a lo establecido, pensándose a sí misma como una persona común y corriente rodeada de partículas humanas alocadas. En la época de la foto ya mi padre había estado desaparecido, detenido y aparecido por el terror que no supimos conseguir. La aplanadora militar había pasado por nuestra casa y nos había dejado con la vida al aire. Durante largos 8 meses, ella y mi abuela nos mantuvieron, perplejos y rabiosos, con escaso dinero y mucho miedo. La Lola es un ejemplo de que la valentía es un trabajo sobre las limitaciones autoimpuestas. Caigo en la cuenta de que nunca vivió en el mundo que quiso y por el que abogó cada uno de sus días: un espacio común, solidario y de buenos modales. Muchos años después se murió en mis brazos, pensando que el egoísmo era algo así como una mala educación que se podía reencauzar. Ahora, que sería incapaz de negarme a su amor, sus manos no pueden acariciarme. En la foto, como fue en vida, estoy cerca, pero casi sin tocarla.

En el medio, abajo, abrazada, cual loza delicada, por el Ñacu, está la Tania. La Tania es otro ejemplo de como la ternura puede ser un arma letal para la adversidad. En esa foto no creo que ella soñara que iba a formar una familia y que ella iba a ser el alma de esa familia. Cuando tenemos un hijo, solemos tener un plan. Nunca supe cuál fue el plan para con ella. Tampoco me corresponde saberlo, por supuesto. Tal vez el nombre, Tania Alcira, la predestinaba para ser una revolucionaria, una flor de acero, pero ella siempre prefirió quedarse al amparo de los mimos, tan pichoncita, tan hermosa. Acompañada, con paciencia y esfuerzo, hizo su huerto familiar donde luce como una flor. A veces de acero. A ese espacio confluimos todos los que quedamos. En ese espacio esta manada dispersa vuelve como al agua.

Por fin, estoy yo. Ese que estaba lleno de miedo y rabia. Ese que no sabía quién soy 35 años después. Ese que he ido reforzando y diluyendo a fuerza de golpes y amores. Allí, hacía poco que había terminado la secundaria, estaba descreyendo de todo lo que me había llevado hasta ese momento. Ya estaba conociendo a la runfla, dormía mucho para no soñar tanto y era un convencido de que el universo me debía algo por el simple hecho de estar. Escribía pobres poemas a mis amores no correspondidos, entre paja y paja. Sabía que iba a ser escritor pero no tenía ningún proyecto literario. Leía mucho, a un costado de la vida. Novelas y poesía. Los rusos que había en mi casa y algunos libros que me había empezado a agenciar. Era hermoso, pero casi virgen. Yo no lo sabía, pero había dejado atrás el terror de las noches eternas en que mis padres me dejaban sólo, para protegerse del proceso militar. Esas noches en las que el patio y el techo de mi casa eran una jungla de sonidos amenazantes. Lo que sí sabía es que estaba en una bisagra: terminada mi infancia, mi secundaria y, pronto, mi vida en casa de mis padres, tenía que decidir quién iba a ser yo. La multitud de caminos me paralizaba. Desechando los comunes y aspirando a la perfección, sólo veía el desierto por delante. En esa época empecé a hacer dedo. No había plan de viaje. Los destinos eran difusos y se modificaban en cuestión de horas, por designios de conductores que nunca eran, del todo, yo mismo. He sido, más que nada, un hombre que ha ido haciendo malabares en medio del fuego cruzado; por cada herida recibida he construido una nueva piel. Sobreviví. El mapa es incorrecto, pero conozco los puntos cardinales. Mi aguja imantada está fija en mis amores.


Aquellos ojos que me miran desde la foto ya no están ciegos, puedo rastrearlos a través del tiempo. Aunque el viento trabaje sobre su arena ineluctable.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lezaher's

Corrían los años setenta y a media cuadra de mi casa existía otro mundo.
El lugar era atendido por su propio dueño y era un hueco en el espacio banal de la Moreno: una covacha donde habitaban seres maravillosos que olían a tinta.
El dueño se llamaba Leopoldo Zavala Hermoso, pero nadie lo conocía por ese nombre. Tal vez él se había encargado de que eso sucediera; tal vez, mediante un pase misterioso había borrado su nombre sagrado. La gente y sus clientes lo conocían como “El viejo de la barba” o, “Don Zavala” o “Don Lezaher’s”. Este último mote ya nos da una idea un poco más clara del personaje.
Lezaher’s decía el cartel tipo carpita que el viejo sacaba y guardaba cuatro veces al día. Era el nombre la librería y papelería y estaba formado por las primeras sílabas del nombre del caballero. Sonaba exótico, pero se trataba de un simple truco que cualquier hijo de vecina podía realizar. De hecho, a dos cuadras, existía el autoservicio “LopMan”. Debiera reconocerse que, a principios de los ’70, estos López Manzano eran unos adelantados en la manera de vender sus mercancías en el pueblo pero, a la hora de colocar el nombre a su negocio, eran gente a oscuras.
Don Zavala, de tan oscuro que pretendía ser, se me fue aclarando con los años.  Era morocho, petiso, relleno, de cráneo afeitado y barba blanca hasta el pecho. Tenía ojos saltones y olía de forma bituminosa, como huelen los que no se bañan, pero tampoco transpiran: como deben de oler los solitarios. Aunque era sordo y se apantallaba una oreja para entender lo que le decían, creo que cantaba en algún coro, merced a una voz cavernosa que intercalaba con un siseo que parecía salirle de los dientes. Cuando yo lo conocí, usaba siempre un traje azul lleno de lustrín. Si los fríos eran extremos se calzaba un sobretodo color cuis. Cuando ardía la canícula vestía una camisa blanca con tiradores. Dicen que había sido ferroviario, pero no se veía hombre de herramientas tomar.
El negocio era pequeño y, al parecer, infinito. Después de cruzar una suerte de jardín abandonado, uno llegaba a la puerta, bajaba un escalón y entraba a un recinto de tres por tres. Pasaban un par de minutos hasta que la vista se acostumbraba a la penumbra. De a poco, uno iba descubriendo que las paredes, los anaqueles, las vitrinas, el piso y el mundo estaban llenos de libros. Pilas y pilas de libros con estrechos pasillos por donde uno no circulaba, sino que se acomodaba. Detrás del negocio, el viejo tenía su casa. A veces salía con una taza de té en una mano y varios libros en la otra. Aunque nunca entré a la misma, se podía inferir que toda la casa estaba infestada de libros. Había de todo: Mme. Blavastky, el libro de Geografía que nos exigía la Lorenzoni, el Agüita Clara para tercer grado, la colección Todo es Historia, diccionarios y libros en inglés y en francés, números atrasados de la fantástica El Correo de la Unesco, Borges y Chico Carlo: de todo; y lo que no estaba, se pedía y llegaba a los pocos días. Entre los libros, con unas gafas inestablemente montadas en la nariz, don Zavala nos atendía. Yo era un niño tímido, de escasos recursos y de voraz curiosidad literaria. Con la excusa de comprar un mapa o una goma de borrar, iniciaba charlas improductivas con el viejo. Yo creía en la revolución, él en la transmigración; yo en la política, él en la teosofía; yo en los desbordes, él era célibe. Los dos teníamos la verdad y ninguno la tenía. Yo era un niño adolescente y él era viejo mucho antes de esa edad. Los dos estábamos bastante solos.
Mientras don Zavala se abstraía en especulaciones sobre el poder de los chamanes hindúes o las profecías escritas en sánscrito, yo hojeaba libros, revistas, comics. El viejo, aunque fatuo, no era tonto. Siempre trataba de venderme algo. Es decir, de convencerme que yo necesitaba convencer a mis padres sobre lo imprescindible de alguna adquisición. Claro que él pretendía venderme a Lobsang Rampa y yo estaba interesado en Dostoievski o en Françoise Sagan. No sé como se llama esto en economía, pero la ley de la oferta y la demanda andaba medio estrábica entre nosotros.
En su espelunca, don Zavala tenía, al parecer, la mayor existencia de partituras musicales del pueblo. La música, la Música digamos con propiedad, por esas épocas, no incluía el rock. Con suerte y gusto algo más popular, se podían conseguir obras de Waldo de los Ríos o de don Ariel Ramírez. La Música escrita era para gente parecida a la que se dedica a las matemáticas: Señoras con tapados de cuadrille y pelos con tocas inverosímiles, jóvenes con pinta de testigos de Jehová, niñas perdidas de zoquetes blancos. El viejo los atendía y les recomendaba partituras como quien cuenta con una finísima carta de empanadas espirituales. Esas visitas, interrumpían nuestras conversaciones y me daban oportunidad de chusmear, de vivir la fascinación en modo papel impreso, de imaginar derroteros por mapas plagados de aventuras, de enamorarme de seres etéreos.
Cerca del fin de mi secundaria, don Zavala se jubiló. Por primera vez lo vi animoso, atareado. Había juntado dinero durante toda su vida para irse a conocer la India. Y se fue. Y se bañó en el Ganges mágico donde la gente vuelve a bañarse en distintas vidas. Probablemente conoció a algún santón, lo acollararon con flores y se regaló comidas abundantes en especias y en curry.
Poco puedo especular sobre ese viaje y mucho menos comentar. Cuando él volvió de la India, un poco más viejo y siempre sólo, sus ojos guardaban todavía imágenes exóticas que sus labios jamás pudieron describir. Yo ya estaba de novio y me estaba yendo hacia donde hoy me encuentro. Casi no pude oír su voz relatando su experiencia. Sólo sé que poco tiempo después envejeció de repente. Preso de la sordera y de haber palpado el imposible sentido de su vida, vendió todo y desapareció para siempre. La casa fue reformada y allí vivió o vive una familia como las otras.
Fue maravilloso conocer ese lugar oscuro y lleno de misterio, esa librería en el barrio; con una persona tan por fuera de estas series que hoy son tan comúnmente moldeadas por los medios y el mundo del consumo. Mi educación fue más completa, mi vida fue mejor, merced a (o a pesar de) este sujeto. Ahora el mundo se ha aproximado y se ha hecho mucho más ajeno: La diferencia suele dejarnos indiferentes.
La compra más grande que realicé en Lezaher’s fue una colección discontinua de Misterix de los años 50, que el viejo, se nota que en plan de limpieza, había sacado a la venta. Aunque había algunos repetidos y otros incompletos, el precio era tan irrisorio que, hasta un servidor, pobre como una laucha, podía comprarlos. Creo que ahí aprendí que para realizar un negocio es preciosa la oportunidad. Yo estaba ahí el día en que el viejo decidió vender esa mercadería. Esa mercadería, aunque defectuosa, era para mí. Pasé semanas amparado bajo esos personajes, descubriendo la vida en pulcros cuadraditos emborronados con tinta china.  La tinta, eso es…la tinta.

Para mí, el despliegue del olor a tinta al abrir un libro nuevo, esas mariposas negras e invisibles que llenan el aire, siempre me recordará esa librería a media cuadra de mi casa. Donde había otro mundo en este mismo.

martes, 12 de mayo de 2015

La Perrera


Fui culillo en la década del 60. Nacido y criado donde se terminaba el asfalto de la Moreno, del lado de la tierra.
Por esas épocas las calles, casi libres de autos y motos, eran nuestras: es decir, de la barra, que jugaba a la pelota, de día, y a las escondidas, por las noches, cruzando y descruzando la avenida. De nosotros y de los chocos.
Perros había muchos, eran tirando a marca perro, dormían afuera, se amaban a lo perro en las veredas y comían sobras. No era raro verlos atacando la basura, que entonces se ponía en cajones de fruta en desuso. Fieros, amenazantes para los foráneos, los que eran de la Rivadavia para acá o de la Urquiza para allá, los chocos eran amos y nunca mascotas. Todos ellos, sin excepción, le temían a la Perrera.
La Perrera venía precedida por los ladridos y el halo del terror. Un rastrojero sapito o algún vehículo semejante, con una jaula atrás y dos o tres criollos diestros con el lazo en el paragolpes trasero, eran la Perrera Municipal. En el personal había un tal Videla que era del barrio y uno creo que Taboada, de sombrero de paja y bigotes de línea, el más temido, el del brazo certero.  
Ya cuando cruzaban la Rivadavia, estirando el cogote, uno podía ver a las viejas y a los niños guardando a sus “picarones”, “perlitas”, “tobys”, “colitas”, “sultanes” y “capitanes”. Recuerdo el griterío, las corridas, los llantos en el terragal, el barrio súbitamente alterado por la mala nueva.  
El procedimiento parecía sencillo. Los tipos saltaban del paragolpes, revoleaban el lazo, pillaban un perro, lo izaban hasta la jaula y allí lo ponían junto a los demás. Parecía sencillo, pero haciendo un cálculo aproximado, chapaban uno de cada diez: perras paridas, cachorros, chocos viejos, rengos o enfermos. Los otros, saltaban acequias, cruzaban como bala las rejas, los tapiales, los portones, y se perdían hasta que vinieran tiempos mejores. A veces, por esas cosas, también atrapaban perros jóvenes, fuertes, que se defendían tirando mordiscones y espumarajos a las manos de los municipales.
Las mujeres y los niños rogaban, pedían por sus perros, pero no había modo. Los rostros de los captores se mantenían impertérritos. A lo sumo, los tipos informaban que uno debía acercarse a las dependencias municipales, pagar una multa y otras cuestiones formales que casi nadie entendía.
Pasada la cacería, el barrio se quedaba en calma de nuevo. En calma, pero un poco más triste. Nosotros, la barra de los Morán, el Negro Robles, el Topo, el Chiquito, el Derli, los Redondo, nos sentábamos a los costados de la acequia y hablábamos mientras tirábamos palitos al agua: “Dicen que los matan”, empezaba uno y todos mirábamos la corriente. “Dicen que los ponen en una cámara de gas, y los matan”, continuaba. Y el resto escupía en el agua y tiraba otro palito. Aprovechando el secreto que les daba la caída de la tarde, algunas lágrimas rodaban por nuestros rostros de niños e iban a caer, también, sobre esa agua que, dicen, se parece al paso del tiempo.

Años después la cacería se extendió a los seres humanos, pero esa es otra historia. Una historia de terror y tristeza que nos la deben a todos y que no habrá agua que pueda lavar.

miércoles, 11 de junio de 2014

El global

Tenía 20 años y era un episódico jugador de fútbol.
Éramos campeones del mundo y también un pueblo desesperado por los gritos de espanto; un pueblo donde ser joven era estar cerca de la muerte o estar muerto. Una tierra arrasada.
Yo jugaba a la rebeldía más que al fútbol, pero en el fútbol disfrutaba de unos módicos logros. No a ganar o a perder, no. Nunca aprendí eso. El triunfo y la derrota, ya lo sabía, eran sólo estados del juego, azares. No jugaba a eso, no juego a eso. Mis logros futbolísticos eran evanescentes y por eso, celosamente los llevo guardados. Jugar a la pelota es, para mí, algo trascendente: equivocarme en un pase o en una decisión me llena de angustia. La media docena de jugadas afortunadas que hago por partido, colman mis horas posteriores y me endulzan los momentos previos al sueño. Y eso vale todo el empeño, las patadas, el acido láctico que me convierte en una suerte de robocop cuando me levanto al baño a mear en la noche. Mi orgullo son esas jugadas. Es como conquistar a la linda.
Soy del montón, tirando a bueno. Mis límites, también, son de montón. Ni tan tan, ni tampoco tan poco.
En esos días en que me sacaron la foto habíamos armado un malón de alborotadores, borrachines y fumones, para jugar a la pelota. Alguien, que todos tenían sus contactos con el submundo, armó un partido con los oficiales y suboficiales asentados en el 7º de caballería(es curioso, ahí tuvieron desaparecido a mi padre un tiempo; ahí trabajo ahora, que se ha civilizado el espacio).
Nos llevaban, jugábamos, comíamos un asado provisto por las arcas del estado en el casino de oficiales y nos traían de nuevo al centro. Ese era el trato.
En el trato no estaba que les ganáramos 5 a 1, que yo hiciera tres goles, que nos emborracháramos con una damajuana de infame vino rosado al final del partido. Pero pasó. Y además pasó que, por casualidad, dentro del regimiento, ya completamente ebrios, viéramos como raneaban a un colimba amigo. Uno de nosotros, no me acuerdo si el Pin o el Miguel, se bajó del Mercedes verde que nos iba a llevar a casa, a pegarle unas trompadas al cabo o lo que carajo fuera el verdugo. Y entonces pasó esa jugada, que también llevo en el bolsillito del pecho. Quince inadaptados, marginales, subversivos, gritando, vomitando, meando, piña va, piña viene, dentro del regimiento.
 Nos subieron, luego, no recuerdo como, al camión y nos despacharon hacia el centro de la Ciudad. La gente que vio pasar a ese camión del ejército se restregaba los ojos. En ese camión del ejército, utilizado siempre para la muerte, se cantaba: “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”. Se cantaba. Y se reía.
No nos podían matar a todos, después de todo. Que lo supiera el mundo.
Todos menos yo terminaron en una comisaría. Yo, puteando y vomitando en el baño de la casa del Tochi. Odiando que el alcohol me arruinara la felicidad. Tres goles, la puta madre, y a los milicos. Quién me quita lo cantado?
Esto viene a cuento porque quería hablar del mundial. El global, mejor dicho.
Después de la foto vinieron el de España, el de Mexico (quién le quita al Diego el gol a los ingleses), el de Italia, el de EEUU, el de Francia, el de Corea Japón, el de Alemania y el de Sudáfrica. Ahora el de Brasil.
Y mis sentimientos son encontrados. Estaré, como un orate, frente al televisor, gritando y puteando. Seguro que asustaré a los niños con esos arranques. Pero, me pregunto, estos pibes, son de verdad? Tienen un barrio, unos amigos, unos padres, una patria, en suma, por la cual jugarse las flores más sagradas de la juventud? Son de los nuestros? Saben de que hablo?
No digo ganar o perder, que eso son azares, digo la gloria, digo la euforia, digo, buscarán trascender?

Recordarán la tierra, el dolor, los estragos de la pobreza, nuestra tan nuestra manera de estar en el mundo? Que así sea, que sólo así sea, y como dice mi tío Ruso, a la cancha y con nobleza!

viernes, 4 de abril de 2014

Justicia revolucionaria

Hace veinte años la casa de Sevillano ya era una ruina. En esa época criaba una nutria en una habitación y no le importaba que el padrillo entrara y se quedara parado junto a nosotros, escuchando historias junto a la chimenea. Un caballo entendido, como se dice.
A Sevillano lo único que le interesa, todavía hoy, es contar historias, caminar sobre un alambre entre dos ciruelos y hacerse entender por los animales. No digo que todos, pero muchos lo entienden. Sevillano se lleva mejor con las bestias que con los humanos, a pesar de que su lenguaje es pulido, cuidadoso. Hace mucho que ha abandonado los ritos humanos del aseo y el orden.
Esa noche hablábamos de bueyes perdidos y caballos enterados. Fumábamos echando el humo al fuego y tomábamos unos mates asquerosos, puros yuyos y azúcar.
-        Usted conoció a Benitez?- me soltó de repente.
Asentí. Sí, claro, yo conocí a Benitez. Era un personaje que vivía en Los Coroneles. Me pasé una tarde escuchándolo despotricar contra los curas del seminario del verbo encarnado que “andaban canta que te canta, con un montón de zampas atrás y algún niño olvidado bajo las sotanas, fíjate tú”. Decía que los curas que no se casan deberían ser capados para que no hagan daño. Que él estaba dispuesto a hacerle ese favor a la humanidad.
-        Y a don Claudio Peirá, lo conoció?-preguntó al rato Sevillano.
Volví a asentir. Sí, también conocí a Peirá. Era un catalán comunista que tenía una bandera roja flameando en su patio junto al río Diamante. Era amigo de mi padre y una vez vino a podar los durazneros. Podaba parado arriba de un caballo, pero eso ya lo he contado. También he contado que había llevado una bala en un tobillo por más de cuarenta años. Esa bala le valdría, cuando llegara el tiempo de la justicia, una condecoración: se la habían encajado los milicos durante una manifestación a favor de la República Española.

-        Resulta que Benitez- prosiguió Sevillano-, una vez, me pidió un carro que era de mi padre. Cómo pasaba el tiempo, años le diría, sin que me lo devolviera, decidí llevar un testigo. Para que viera que la negativa de Benitez a devolverme el carro era un puro capricho, vió?

El caballo se revolvió en su lugar junto a la estufa, muy entendido el animal.
-        Lo fui a ver a don Claudio y le pedí que me acompañara hasta lo de Benitez. Conociéndolo a don Claudio, le advertí que guardara silencio, que no hiciera comentarios, que sólo atestiguara que Benitez no tenía argumentos para mantener el carro de mi padre en su poder.
-        Y aceptó?
-        Sí, desgraciadamente. Mire lo que pasó: llegamos allá, aparece Benitez, le digo lo que siempre le decía, que ese carro que él tenía en el fondo de la finca era mío, porque había pertenecido a mi difunto padre. Me contestó que el carro ya llevaba varios años ahí, que más que nada había sido una molestia, que él lo había cuidado. En fin, que no me lo devolvería. Entonces, contra lo que habíamos convenido, empezó a hablar don Claudio. No lo pude hacer callar. Sabe que dijo?
-        Qué?
-        Que en una sociedad comunista vendría una autoridad y me entregaría el carro ya que yo era el legítimo dueño, y que además vendría otra autoridad y lo colgaría a Benítez del hueso del culo de un sauce, por aprovechador.
-        Y que hizo Benitez?
-        Nos sacó recagando, nos dijo que él no tenía tiempo para perder. Por el camino de vuelta yo le iba diciendo a Peirá: Le dije, don Claudio que no abriera la boca.
-        Y él?
-        El sonreía, callado, seguro de haber hecho lo correcto.
El caballo dió media vuelta y encaró hacia la salida de la casa. Ante las llamas de ciruelo que ardían en la chimenea, los ojos de Sevillano buscaban respuestas. Meneó la cabeza. Sonrió con nostalgia.
-        Nunca recuperé el carro de mi padre-dijo, por fin.

Benitez murió odiando a los curas y, creo, sin haber capado a ninguno; Peirá no pudo ver el advenimiento del comunismo en nuestro país, murió, digno y altivo, con la bala represora entre sus huesos; a Sevillano lo veo de vez en vez en una bicicleta con motor por los terragales de Cuadro Benegas. Siempre me saluda. Vive en ruinas.

sábado, 18 de mayo de 2013

Para Carmelo



 En un mundo en que hubiera justicia, a este señor se le debería otorgar el título de Sabio, diplomado en la Universidad de la Vida, con las más altas calificaciones en Saber Ser, Saber Estar y Saber Hacer. A su paso, los seres humanos, deberían hacer una reverencia y dispensarle honores y dignidades por mejorar la calidad de vida de la gente. Haciendo vino, hace otra cosa, más compleja, más trascendente. Pone en juego su alma, transmuta la materia hacia su mejor estado. En esa alquimia convierte cada copa en ramos de flores, frutos, caricias de la tierra, nostalgias del paraíso. Su vino es él: comunica, alegra, emociona, acompaña, amiga. Haciendo vino se ha ido haciendo él sin olvidar quién es, de donde viene, adónde va. Se asombra de ser un mito, de que gente de todo el mundo lo reconozca, lo alabe. Se le aniñan los ojos por saber que sus vinos son universales y que atraviesan el tiempo y la distancia. De su ética de vida nace la estética de su trabajo. Para mí es un galón conocerlo y disfrutar de su persona y de lo que hace. 
Carmelo Patti trabaja sobre la realidad y consigue un sueño. 
No es poco. Es todo

Un safari en el corazón del vino.

Antes que nada, una introducción con ribetes filosóficos que puede ser salteada por el lector pero que me ayuda a entender qué hago. Ir en busca de un vino, hacia su origen, es ir hacia la gente. Uno encuentra gente que forma parte del paisaje y gente que transforma el paisaje en un espejismo, en una ilusión. Entre los primeros se encuentran todos aquellos que nacieron, se criaron y viven en el vino y sus circunstancias. Se ocupan y desvelan por cosas tales como heladas tardías, podas, fermentaciones, cepajes. Como si su destino estuviera enredado a los zarcillos de las vides. El vino es esa vida milenaria que los atraviesa, que los forma en familias, les marca los festejos y los quebrantos. El vino para ellos es un sentido y un fin. Los segundos, en cambio, ven en la producción de vino un medio, un vehículo ostentoso que los lleva a sus destinos particulares y del que se bajan al llegar. Lo que dije hasta aquí, creo, explica lo siguiente. Primera parada: Achaval Ferrer. La finca Bella Vista y la bodega se encuentran en la ribera este del río Mendoza, en el distrito de Perdriel. El paisaje, con la cordillera de Los Andes al fondo, hace honor al nombre de la finca que tiene 5 hectáreas de malbec de más de 100 años. Es sábado, pasado el mediodía y una docena de autos y remises lujosos, están estacionados en el sendero enripiado que lleva a la bodega. Al entrar a la recepción, uno se encuentra con el ajetreo de grupos de turistas que se dejan guiar, en varios idiomas, por los empleados de ventas de la firma. Las oficinas y la sala de degustación están impecablemente decoradas. El enólogo es Santiago Achaval, supervisado por el italiano Roberto Cipresso. Después de unos quince minutos de espera, finalmente, soy atendido. Van poniendo ante mí las joyas de la casa en orden creciente de costo y puntuación Parker: malbec 2012 Mendoza (hecho con la mezcla de la producción de ese varietal proveniente de las fincas de la empresa) 92 puntos Parker; Quimera 2011, un blend de malbec, cabernet, merlot y cabernet franc, 94 puntos P.; Finca Mirador 2011, un malbec de Medrano, junto al río Tunuyan.; Finca Bella Vista 2011, malbec del lugar, y Finca Altamira 2011, de 99 puntos Parker, todavía no embotellado. Los tres últimos dicen tener 18 meses en barrica y un año en botella. No me cierran las fechas. Los tres son impresionantes, pero están crudos todavía, ásperos. Me dice el guía que van a alcanzar su mejor estado dentro de cinco años. No hay en stock añadas anteriores. Han vendido todo. Salvo algunas botellas. Los precios en la bodega superan los 600 pesos. Le pregunto al guía si hay gente que piensa invertir ese dinero en una botella que recién podrá beber dentro de cinco años. Sonríe y asiente. Hay gente para todo. Abandono Achaval Ferrer, pensando en volver tras esa Quimera. Me llevo un interesante gusto a vino y la amable sonrisa calcada de todos los vendedores. Segunda parada: Carmelo Patti A las 4 de la tarde llego a la bodega El Lagar, de Patti. El hombre está atendiendo a una media docena de turistas. Hace probar sus vinos, cuenta sus historias. Al verme, me describe como un escritor del vino, que le ha preparado unas glosas en su honor. Me abraza, me insta a leer. Leo. Al finalizar, hay aplausos. La mayoría de los presentes no habla castellano. Más abrazos, más vino. Otra vez me olvidé la cámara. Un brasileño me saca una foto junto a Patti y me promete enviármela por mail. El gran assemblage 2004 de Carmelo Patti es impresionante. Todo junto y por partes. Un blend perfecto de cabernet, malbec, merlot y cabernet franc. Están juntos desde hace 9 años y parece que es un matrimonio de esos que cada vez se lleva mejor. No dejan de llegar turistas. A todos les debo leer lo escrito. Finalmente, Carmelo me lleva a su escritorio laboratorio y puedo cerrar la operación de compra. Los visitantes, mientras, beben a discreción en la sala de al lado. Después de un interminable llenado de remitos, Patti me deja sólo contando el dinero. “Cuente tranquilo y déjemelo en el escritorio. Voy a atender a la gente”, me dice. Sobre la mesada del laboratorio veo una manzana por la mitad, una pera y una bolsita de nylon que, adivino, contenía un sándwich. El frugal almuerzo del Maestro. Antes de irme me hace leer por enésima vez el escrito. El aplauso más efusivo es el del chofer de remise que anda llevando turistas por los caminos del vino. “Siempre termino viniendo aquí. Este hombre es increíble. Siempre me sorprende con algo nuevo”, me confiesa. Bonus track: Emilio Giaquinta Decidí, para variar, volver por Tupungato. Allí tuve el gusto de cenar y compartir con Emilio Giaquinta. Su padre vino de Sicilia y fue contratista de viña (obrero). A fines de los 50 compró 60 hectáreas de campo y las convirtió en viñedos. En 1968, junto a sus dos hijos, inauguró la Bodega Familia Giaquinta. El día en que se hizo el primer fraccionamiento, cuando salió la primera botella, murió de un súbito edema pulmonar. Emilio y su hermano, desde entonces, ampliaron la bodega y los viñedos. Tienen 87 hectáreas en el mejor lugar de Tupungato. Allí hay malbec, cabernet, merlot, bonarda, syrah, pinot noir, Pedro Ximenez, torrontés y chardonnay. La mayoría de su producción es en damajuanas y son líderes en ese ramo en Mendoza, Córdoba y Santa Fe. Sólo una pequeña partida de malbec se estaciona en barrica francesa. Todos los vinos son de gran calidad. El hombre representa, como dirigente, a las 73 bodegas que hay en el Valle de Uco, incluidas Salentein, Lurton, Sophenia, Atamisque, Clos de los 7, etc. Llegó a su casa, de la bodega, a las 9 de la noche del sábado, en un Bora 2008 y en ropa de trabajo. A las 8 de la mañana del domingo, lo acompañé a controlar la fermentación del Pedro Ximenez. Cuando le conté los precios de Achaval, sonrió y me dijo. “El vino más caro que tenemos nosotros vale 60 pesos la botella”. Cuando le indagué por el boom del Valle de Uco, sostuvo: “Hay muchos paracaidistas que vienen por los precios de las tierras, pero esto si uno no lo siente, si no lo vive como una pasión, no sirve. Los paracaidistas no van a durar” En la cena, mientras hablábamos de vino, tomamos su malbec FG (en honor a su padre, Francisco Giaquinta). Me pareció delicioso. Y el personaje también.

sábado, 21 de abril de 2012

Tres cuentos para la Eleonora. Parte III

Simplicio, el duplicado, o esacosaquesecomialasfrutillas ¡Qué revuelo se armó en mi pueblo! Y todo por una cosa tan simple, por una nada, como decía mi abuela. Y eso que este es un pueblo tan tranquilo que la gente se duerme parada, los perros dan vueltas, mas o menos, media hora hasta echarse y los sifones se quedan sin gas al ratito de empezar el almuerzo. Bueno, no piensen que mi pueblo es aburrido. Tranquilo sí, con una brisa que te trae olores a guisos de las vecinas y a flores a la tardecita, pero aburrido, no. Miren si no lo que paso el verano pasado. Todo empezó en la época de las frutillas; cuando las frutillas llenan las plantas de ese color tan masticable que uno, hasta sueña con ellas. Una mañana, Lalo Perez Pimpom se puso el sombrero de paja y se subió a la camioneta como pudo. Eso porque era muy flojo, tenía las piernas flacas y la panza enorme. Ese día empezaba la cosecha de las fresas en la quinta de la familia. Trabajar lo ponía de mal humor. Los obreros le temían porque por cualquier cosa les gritaba como un marrano, tiraba el sombrero al piso con bronca y saltaba con sus patas flacas sobre él. Eso era bastante feo de ver: se ponía rojo, sudaba y la voz le sonaba como una uña en un pizarrón. Parecía una frutilla, pero podrida y chillona. La tarde anterior había recorrido la plantación con el señor “Síseñor”, su capataz. Habían visto que las plantas estaban cargadas. Con enorme esfuerzo sus delgadas ramitas sostenían los frutos maduros, apetitosos. “Síseñor”, que era bastante goloso, y delgado como un álamo, se moría por probar las frutillas, pero sabía que el patrón era un mezquino al que le molestaba que arrancara siquiera una sola. Una al menos para probarla. -Cada uno de estos frutos es una moneda de 10 centavos-decía Lalo, y “Síseñor” no podía más que imaginar el jugo rojo resbalando entre sus dientes, agridulce, perfumado. -Sí, patrón-asentía el capataz con la boca llena de saliva. -Mañana empezaremos a cosechar, antes que los malditos pájaros nos dejen sin nada. -Sí, patrón-respondía “Síseñor”. Y los pájaros, que escuchan todo y después cantan, los miraban desde los árboles vecinos, con sus ojillos inquietos y con los picos listos para darse un atracón. Pero debieron estar muy atentos porque Lalo, con gran esfuerzo, por cierto, se agachó, recogió un terrón de tierra y se los tiró, furioso. Los pájaros volaron un poco, movieron tanto el aire con sus alas, que el viento que provocaron le devolvió un poco de tierra a la cara de Lalo. El patrón se enojó más todavía, recogió más cascotes, los tiró con más bronca, los pájaros aletearon más y los ojos del Gordo se siguieron llenando de más tierra, y así continuaron buena parte de la tarde. “Síseñor”, mientras, miraba las frutillas. -Mañana, temprano, empezamos la cosecha, me entiende don “Síseñor”? -Sí, patrón. Esa noche, Lalo Perez Pimpon soñó que los pájaros le vaciaban los bolsillos a picotazos. -Grrr-decía en sueños y daba vueltas en su enorme cama. Don “Síseñor”, en cambio, soñó con frutillas. -Hmmm-decía en sueños y le pasaba la lengua a la almohada. Pero, la mañana les tenía una sorpresa. Cuando, junto con los cosechadores, llegaron al plantío, algo había cambiado. Y para mal. -Pero…dónde están mis frutillas?-tronó Lalo En efecto, las plantas estaban ahí, lustrosas, llenas de flores y todo eso, pero no quedaba ni una frutilla en sus ramas. Los pájaros, en los árboles vecinos le cantaban a la mañana, al agua, al sol y a todo lo que les da vida. - Ay, mi dinero, ay mi dinero!-decía Perez Pimpom mientras pisaba el sombrero.-Se están burlando de mí - Pero…parecen inocentes don Lalo-se atrevió a decir “Síseñor”. - Inocentes? Nada de eso. Quiero que los atrapen a todos! El patrón, sin sombrero, se tiraba de los pelos, bufaba, pataleaba en una nube de polvo. - Que los atrapen a todos. Vamos, muévanse, inútiles! A la cárcel con esos pájaros ladrones! Imaginarán que no era una tarea nada fácil atrapar cientos de pájaros y meterlos en una jaula, pero a los trabajadores, que necesitaban el dinero de la cosecha para mantener a sus hijos, no les quedó otro remedio que obedecer. A la tardecita, bajo un sol bastante tristón, habían construido una jaula del tamaño de un galpón y la habían llenado de pajaritos. Zorzales, calandrias, tordos músicos, palomas, pitojuanes, jilgueros, chirigüas, churrinches y hasta una martineta ponedora que pasaba por ahí, fueron presos. Armaban tal batifondo de dolor por la libertad perdida, que esa noche la luna decidió vestirse de rojo. Como una frutilla. - Que les daremos de comer?-preguntó “Síseñor”- Se van a morir de hambre, Patrón. - Nada. Que se mueran de hambre por comerse mis frutillas! A los dos días, los pájaros casi no cantaban y algunos, los más débiles, empezaban a andar por el piso, sin poder revolotear. El pueblo se quedó sin pájaros. Nadie, ni el intendente, ni las maestras, ni los comerciantes se dieron cuenta. Pero los niños, que siempre andan subiéndose a los árboles, notaron que algo no andaba bien, pues un mundo sin pájaros es más triste. Los hijos de los cosechadores lo mencionaron a sus compañeros de escuela. -En la quinta de Perez Pimpom hay una jaula enorme con todos los pajaritos del pueblo y se están muriendo de hambre!-corrió la voz entre los chicos. Se armaron brigadas para juntarles alimento. Nunca las mesas de los desayunos se limpiaron más cuidadosamente de migas. Cada cabito de lechuga, cada granito de choclo que sobraba del puchero, cada naranja con algo de pulpa, fue juntada. Cuando Lalo vio los niños, primero se enfureció, pero después accedió a que entraran a su propiedad privada y les tiraran la comida entre las rejas de la jaula. A nadie le conviene que los niños lo odien. Los pájaros comieron y, aunque estaban presos, volvieron a cantar en agradecimiento. Una semana después, las florcitas se habían convertido en nuevos frutos rojos y jugosos y, nuevamente, estaban listas para cosechar. Perez Pimpom y “Síseñor” recorrieron la plantación por la tarde y decidieron que, al día siguiente, por fin, cosecharían las fresas. Cuando llego el día, Lalo Perez Pimpom se puso el sombrero de paja y se subió a la camioneta como pudo. Eso porque era muy flojo, tenía las piernas flacas y la panza enorme. Pero de nuevo tuvo una sorpresa desagradable. No había ni una frutilla en las plantas, pero ni una sola, eh? Miró para el lado de la jaula. Todos los pájaros seguían presos. Esta vez se saco el sombrero pero no para pisarlo, sino para rascarse la cabeza. Don “Síseñor” y los cosechadores se miraban extrañados. Que había pasado? Misterio. -Revisen bajo y sobre la tierra. Que aparezcan mis frutillas!- gritó el patrón- Vigilen cada centímetro de este pueblo. Que aparezcan mis frutillas! Pero las frutillas no aparecieron. Y después a medida que el verano avanzaba, desaparecieron, además, los damascos, los duraznos, las peras y las manzanas. De un día para otro, las plantas se quedaban sin frutos. Misterio. Los cosechadores, viendo peligrar sus salarios vigilaban día y noche la quinta, consultaban a los manosantas y hasta el diario del pueblo se ocupó del tema. Los pájaros seguían presos. Lalo que no creía en los misterios y tenía más bronca que nunca, desesperado, buscó en la guía de teléfonos. Allí encontró este aviso: Aparicio Batata Detective privado No hay misterios para mí Buscas, revelaciones, pérdidas, vigilancia. ¿Hace falta que me presente? Yo soy Aparicio y me dicen Aparato, o Apa. Cuando Lalo me llamó, tuve que alejar el teléfono del oído. Su voz sonaba como el chirrido de una uña contra el pizarrón. -Cuánto me cobra por desvelarme un misterio?-me dijo antes de presentarse. - Depende. Buenos días. -Eeeste, buenos días, me llamo Fernando Timoteo Nicanor Perez Pimpom, pero me dicen Lalo. Tengo la quinta de frutales más grande de la zona y este año no he podido cosechar ni siquiera una fruta…No puedo agarrar a los ladrones aunque tengo a todos mis empleados vigilando permanentemente. Imagínese que si sigo así voy a quedar arruinado. En la calle, me entiende? Sin un peso-agregó con amargura. -Páseme a buscar. Como dice el anuncio, no hay misterios para mí. A los cinco minutos la poderosa camioneta de Lalo estaba ante mi casa. El hombre se veía agotado, ojeroso y parecía haber adelgazado mucho en los últimos tiempos: grandes arrugas le surcaban el rostro. Me llevó a la quinta. Estaba toda cercada de alambres y grupos de trabajadores la recorrían armados de garrotes. Aburridos, jugaban luchitas entre ellos. -Primero que nada, suelte los pájaros-le dije. Ellos son inocentes. Pareció dudar un momento, pero después le dio la orden a su capataz. Abrieron el techo de la jaula. Primero salió un jilguero, después una torcacita y, en un momento, los siguieron todos en un aleteo que se convirtió en un hermoso remolino de abanicos de plumas. El cielo se oscureció y el aire se llenó del griterío de los liberados. El sol parecía brillar con más fuerza. Seguido por Lalo, “Síseñor” y un grupo de trabajadores recorrí los sembradíos y las hileras de frutales. Aparte de nosotros y de los miles de pájaros que retozaban en las ramas, todavía atontados por el cautiverio, no se veía nada. Ni rastro de ladrones, ni de frutas. -Este si que es un misterio-dije sin saber que decir, mientras encendía mi pipa de pensar. -Eso ya lo sabemos, dedíquese a buscar a los culpables- tronó el patrón subiéndose a la camioneta-. Puede dormir esta noche en la casa del capataz. Me pasé el resto de la tarde buscando rastros, realizando mediciones y hablando con la gente: ni un indicio. A la noche, la mujer del capataz preparó la cena. Ellos vivían solos y la comida era horrible: bifes de hígado con cebolla. Comí poco, por cortesía, y me retiré a mi habitación. Antes de acostarme, todavía con hambre, me levanté y saqué una banana de una de las dos fruteras llenas que había en el comedor de “Síseñor”. Aunque me cepillé cuidadosamente, me costó dormirme con ese gusto a hígado. Encendí mi pipa. La banana estaba buena, pensé, me voy a comer otra a ver si me llega el sueño. La gente de la casa dormía en paz hacía rato. Me acerqué a la mesa de las fruteras y estiré la mano, pero…algo había cambiado. Sólo había una y estaba completamente vacía. No sólo se habían comido las bananas, sino también los duraznos, las naranjas, las ciruelas y un melón. La luz de la luna entraba por la ventana. Me pareció escuchar un ruido como la voz de una mosca. Pero las moscas no tienen voz. Volví a mi habitación y me quedé mirándome en el espejo del ropero mientras fumaba mi pipa. Era imposible que Don “Síseñor” y doña Asunta, que así se llamaba esa mala cocinera, se hubieran comido los cinco quilos de frutas que había en las dos fruteras. Las tripas me hacían ruido de hambre. Después de un rato me dormí. Soñé. El mundo estaba lleno de espejos y humo de pipa. Cuando me desperté unas palabras se repetían en mi cabeza: los espejos viven duplicando lo simple, los espejos viven duplicando lo simple. Pero, después, con la mente más clara, me dije que los espejos no viven Me sirvieron un desayuno de té con leche y pan sin dulce. La frutera seguía vacía. -Doña Asunta-le pregunté-disculpe que sea metido pero, usted no tenía dos fruteras llenas? - No, don Apa. Siempre hemos tenido una sola frutera, pero desde hace un tiempo la dejamos llena y amanece vacía. Los ladrones de la fruta, sabe? Los mismos que le roban la fruta al patrón. Me pasé el día husmeando y mirando y midiendo y preguntando pero, nada que se pareciera a algo parecido a un culpable de la falta de frutas. Lalo venía a cada rato a jorobar a ver si ya tenía resuelto el misterio. Cuando le decía que no, se apretaba los dedos dentro del bolsillo y se iba con cara de pocos amigos. A la noche, asustado por lo fea que estuvo la cena del día anterior decidí ir a comer al pueblo. Pedí una pizza y cerveza. Con la barriga llena yo, no se ustedes, pienso mejor. Y esta vez fue así. Se me ocurrió una idea. Fui hasta una verdulería y compré frutas. Un bolso lleno de bananas, frutillas, naranjas y hasta un coco. Cuando volví a la casa de “Síseñor”, pedí que me prestaran la frutera para llevármela a la habitación. La llené con las compras y la puse sobre la mesa de luz. Fume mi pipa frente al espejo, puse bajo la almohada la bolsa vacía de las compras apagué la luz y fingí dormirme. Al rato nomás, empecé a sentir algo extraño, como una voz de mosca, pero más suave, como el ruido que hace la luna cuando entra en una habitación. Me quedé quietito y muuuy despacito fui entreabiendo los ojos. Sobre la mesa de luz había dos fruteras! Y mientras una se vaciaba, la otra se llenaba! Rápido como un rayo saqué la bolsa de debajo de la almohada y encerré a la frutera intrusa. -Te tengo-dije No digo que la bolsa se moviera, tampoco que hiciera ruido, pero, acercando el oído la escuché: esa voz como de mosca, como de la luna entrando en la habitación y la frutera que iba perdiendo forma de frutera para ser algo como una pelota. -Si no me decís qué o quién sos, te dejaré para siempre en esta bolsa- le dije a la bolsa. Al principio no escuche gran cosa, pero después de un ratito, pude distinguir una voz finita, finita. -Glup! Me llamo Simplicio, el duplicado. -Que sos? -Glup! Un espejo vivo que se alimenta de frutas-me respondió como si estuviera avergonzado. Entonces entendí todo. Simplicio se ponía junto a las plantas cargadas de frutos y parecía otra planta. Así había logrado que no lo descubrieran mientras engullía, una tras otra, con un apetito voraz, todas las frutas de la quinta. Podía convertirse y duplicar lo quisiera! -¡Glup! Déjeme vivir con usted-me dijo mientras yo descubría su secreto. -Pero, para que me podría servir un espejo viviente que se come la fruta? -¡Glup!, es que no tengo con quien vivir-gimió Simplicio, el duplicado- Estoy sólo en el mundo! ¡Glup!No le ocuparé lugar, no haré ruido y sólo comeré un poquito de fruta por día! Cuando vi a Lalo Perez Pimpom le dije que había resuelto el misterio, que nadie, nunca jamás, lo volvería a dejar sin sus cosechas. -Pero qué era? Dígamelo así envío al culpable a la cárcel-me gritó con esa voz de uña en el pizarrón-. Cúanto me va a cobrar? -En primer lugar pare de gritar; en segundo lugar, no pienso revelarle el misterio y en tercer lugar, la manera de pagarme será enviándome una cesta de frutas por semana. Seguro que se quedó pisando el sombrero y vociferando como un loco: rojo y sudoroso como una frutilla podrida. Simplicio me convenció. No tanto porque me dijera que estaba sólo. Si no, más bien, porque me gustan los seres raros, los que no se parecen a nadie. Como ustedes que están leyendo esta historia. Lo llevé a vivir conmigo. Cuando las tardes están tranquilas, jugamos al espejo: sacamos la lengua, revoleamos los ojos, nos despeinamos. Repite exactamente cada una de mis morisquetas. Después nos sentamos a comer frutas y a charlar.

jueves, 19 de abril de 2012

Tres cuentos para la Eleonora. Parte II

La decisión de Sara Dicen que cuando Turmalina, la yegua, estaba preñada de Jaspe, la yegüita alazana protagonista de esta historia, solía pastar a la luz de la luna. Dicen que eso fue lo que la hizo parir una hija prodigiosa. Lean esta historia y juzguen por ustedes mismos. La mañana en que Jaspe nació, Sara, su dueña, no quiso ir a la escuela. Se levantó antes que amaneciera, se tomó volando el desayuno y se fue al establo a esperar el alumbramiento. La noche anterior Venancio, el cuidador de los caballos de la finca se había asomado a la ventana de la cocina y le había dicho: - Sara, la Turmalina está inquieta, seguro que va a parir por la mañana. La niña hacía mucho que esperaba ese momento, desde que su madre le había dicho que la cría de la yegua le pertenecería y que debía ir pensando un nombre. A las 7,34 de una mañana de octubre nació Jaspe, después de un rato de vacilaciones, ayudada por las lamidas de su madre, logró mantenerse en pie lo suficiente para empezar a mamar. Dicen que esa leche tenía semillas de luna. Sara casi no podía respirar de la emoción. - Te vas a llamar Jaspe- le dijo, pero la potrillita estaba atareada con la teta y no le dedicó ni una mirada con sus ojos aterciopelados. Desde ese día sin faltar ni uno, después de desayunar y antes de irse a la escuela, la niña visitaba un rato al animal. Los fines de semana se pasaba las horas tirada en el potrero de alfalfa, leyendo un libro y viendo como la potrilla pastaba junto a su madre en un aire lleno de mariposas y del zumbido de las abejas. Tenía el hocico como de esponja rosada y una mancha, en forma de estrella, en la frente. Al poco tiempo ya se dejaba acariciar por la nena y la seguía en busca de una zanahoria tierna que Sara le ofrecía. -Ustedes son inseparables-le decía Genoveva, su mamá. Y la niña sonreía feliz. Un día, como cualquier otro, cuando fue a visitar a Jaspe al pesebre, encontró una estrella de papel junto al animal. La niña se quedó boquiabierta y con los ojos como platos. En ese momento fue que supo, ni ella sabía como, que la estrella de papel había sido hecha por la potranca. -¡La hiciste vos! Jaspe, como quien no quiere la cosa, masticaba unas hojitas de trébol. -¡Mamá, mamá-corrió hacia la casa-, mirá lo que hizo la Jaspe! La Madre miró el pedazo de papel que traía la niña. -Una estrella, Mamá Y la hizo la Jaspe -Sarita, hija, los caballos no hacen estrellas de papel. Cómo va a cortar una estrella con esos cascos tan gruesos? -Mami, estoy segura. -Pero eso es imposible, hija-la tranquilizó la madre que nunca había visto a Sara tan segura de algo. La niña volvió junto a la potrilla y la abrazó por el pescuezo. -Yo estoy segura que fuiste vos. Vas a ser famosa en el mundo entero. La Jaspe resopló y continuó con su tarea de comer brotes tiernos. Sara guardó la estrella en su caja secreta debajo de la cama. Al tiempito…otra estrella junto a la Jaspe. La niña corrió junto a su madre y, sin decir ni una palabra, le mostró la nueva estrella. Genoveva meneó la cabeza un poco por disgusto y un poco por incredulidad: ¿su hija se estaba volviendo un poco loca? -Basta, Sara, andá a hacer los deberes y olvidáte de esas tonterías, ¿querés? Pero, ¿cómo olvidarse que su yegua fabricaba estrellas de papel? Colocó la estrella junto a la otra en su caja secreta. Una noche en su casa se dio una gran fiesta. Vinieron personajes y amigos de todas partes. Sara, después de comer un montón de cosas ricas y llenarse la panza de gaseosas, se aburría un poco. En la otra punta del comedor había un chico sentado, también con cara de aburrido. Era muy apuesto y usaba un pantalón de explorador y una remera a rayas. Sara, que no era nada tímida, se le acercó y lo invitó a ver la noche. -¿Te aburrís como yo?-le preguntó cuando estaban sentados en la galería. -Casi todo me aburre, ya he visto casi todo-dijo Ramiro, con cara de aburrimiento. -Yo tengo un secreto-se le escapó a ella. Pero nadie lo sabe. Bah, mi mamá lo sabe pero no me cree. -Los padres ya no creen en nada-añadió él. Son grandes. -¿Querés que te lo cuente?-insinuó Sara. -Bueno, dale, con tal de no estar taaan aburrido… -Yo tengo una yegüita que hace estrellas de papel. Ramiro la miró como miran los chicos a uno 3 o 4 años menor que se hiciera pis en la cama. Pero, no dijo nada. Sara entró en la casa y al momento volvió con dos estrellas de papel. -Eso no prueba nada-dijo él con aires de suficiencia. La niña quedó en silencio, desalentada. Tal vez Ramiro fuera grande también. Se le ocurrió que tal vez si el niño viera la potrilla se convenciera. ¡Era tan linda! Fueron juntos hacia la caballeriza. Sara segura, acostumbrada a andar en la oscuridad; Ramiro, que era un chico de la ciudad y en la noche veía tele, temblaba como una hoja ante cada ruido, ante cada luciérnaga. No era muy valiente que digamos, pero ya estaba siendo atrapado por la curiosidad. Los caballos descansaban, sus movimientos eran delicados y olían a pasto. La Jaspe cuando oyó a Sara se acercó olisqueando con sus belfos de esponja rosada. Junto a ella, a un costadito, había una blanca, frágil estrella de papel. -¿Ves? Acá hay una-casi gritó la niña. Ramiro la tomó en sus manos. Un pedacito de papel que no pesaba nada. -¡Es verdad!- exclamó con su voz de niño. De repente, él también, supo, sin saber muy bien como, que la estrella de papel había sido hecha por la potranca. Ahora bien, los padres de Ramiro eran gente muuuy importante. Don Martín Pipiolo, su padre, era periodista de la televisión y siempre estaba entrevistando a políticos, cantantes y deportistas famosos; Susana Percha, su madre era actriz y había hecho varias películas de esas que se ven cuando se duermen los chicos. Su hijo, único, era su consentido. Cómo era gente muy ocupada y casi no tenían tiempo para jugar o charlar con él, le daban el gusto en todos sus caprichos, que eran muchos y variados. Por eso, cuando Ramiro, con los ojos radiantes de emoción, volvió a la fiesta acompañado de su amiguita, con una estrella de papel en la mano y dijo: “Papá quiero que traigan a todas las cámaras de la tele para que todo el mundo conozca a la Jaspe, la yegüa de Sara que hace estas estrellas”, le dijeron que sí, que mañana sin falta, lo que vos quieras, hijito, y siguieron bebiendo champán y riendo con los otros invitados. Los dos niños sin poder frenar la exaltación se fueron a la habitación a jugar a los almohadonzazos. - La van a ver en la televisión de Estados Unidos y se van a volver locos-dijo él mientras le revoleaba un almohadón por la cabeza. - Y en Europa-dijo ella protegiéndose detrás de su cama. - Van a venir científicos a estudiarla, seguro que la van a querer llevar a las universidades de todas partes- apostó él mientras esquivaba una muñeca-proyectil. - Y millonarios excéntricos- decía Sara, saltando sobre la cama. - Y miles de curiosos. - Y… Cuando la fiesta terminó y se fueron los invitados, Genoveva que se dormía parada, vino a acomodar el desorden del cuarto de Sara. La niña estaba acostada y miraba el techo, pero en realidad imaginaba las fotos de la Jaspe y sus propias declaraciones a la prensa. “Niña propietaria de yegua prodigiosa” imaginaba los titulares de los diarios. Tenía las mejillas coloradas. - Buenas noches, mi amor, que duermas bien. - Buenas noches, Mami, vos también. La madre apagó la luz de la habitación, después las de toda la casa y se acostó. Se durmió pensando en el éxito de la fiesta. Pero Sara no podía dormir. Sacó su caja secreta de debajo de la cama y miró las tres estrellas. Tenía que ver a la Jaspe y contarle todo. Se puso sus zapatillas y, en camisón, salió a la noche. El establo estaba cálido y olía a pasto. Los animales descansaban. La potranca se acercó a olisquearla. La niña la abrazó. El corazón de la Jaspe latía tranquilo y pausado. Un corazón libre y puro de un caballo. El silencio, después de la agitación de la fiesta, olía a pasto. Sara sintió que el silencio era algo que entraba en su cuerpo por todos los poros. No quiso romperlo. Entonces, en la quietud de la noche, comprendió: si ella daba a conocer el don de hacer estrellas que tenía su yegua, la Jaspe perdería la paz, estaría todo el día bajo los flashes de los fotógrafos, las miradas de miles de curiosos, el ir y venir de autos, el griterío de cientos de chicos y grandes. Se dio cuenta que a la Jaspe lo único que quería era pastar, jugar con las mariposas y dejar que el viento rozara sus crines. Tal vez, un poco más grande, dejarse montar por ella, recorrer lugares desconocidos, llenos de olor a menta y a alfalfa, tomar agua de arroyos cristalinos, ver amanecer junto a algún potro tan apuesto como su padre, el legendario Rififí. Más grande todavía, parir una cría de hocico de esponja rosada como ella. O sea vivir una vida de caballo en paz. Y seguir haciendo estrellas en secreto Por la mañana, durante el desayuno, le dijo a Genoveva: - Mami, no quiero que la Jaspe sea famosa, quiero que viva su vida en paz. ¿Le podés avisar a los padres de Ramiro, que aunque se enoje, no quiero que nadie moleste a la Jaspe? - Por supuesto, mi amor-le contestó la madre, abrazándola con ternura y comprendiendo que su hija tenía un corazón tan puro y libre como el de los caballos. Estoy orgullosa de vos, hija. Pasaron los años, la Jaspe creció pastando entre mariposas, cuando fue adulta recorrió los campos montada por la niña que también iba creciendo, conoció un hermoso corcel y tuvo un potrillo del más bello pelaje rosillo y, a su antojo, en secreto, siguió haciendo estrellas de papel: Once a lo largo de su vida. Sara, ya toda una mujer, terminó sus estudios y se fue a vivir a la ciudad. Entre sus cosas se llevó la caja secreta. Cuando, una tarde triste, revisando sus cosas, abrió la caja y no encontró las estrellas de papel, tuvo un presentimiento y no pudo contener las lágrimas. Abrió la ventana. Recortadas contra la noche, once estrellas nuevas en el cielo formaban la figura de la Jaspe. -Ahora pastorea en el cielo de los caballos-comprendió. Su corazón, puro y libre, como el de un caballo, palpitaba con secreta alegría.

martes, 17 de abril de 2012

Tres cuentos para la Eleonora. parte I

Escribí estos cuentos hace bastante cuando no soñaba tener una hija de la que enamorarme cada día. Algún día se los leeré. Algún día los leerá. A fin de cuentas siempre fueron para ella. ***
Los amos del viento Después de hacer los deberes de la escuela, los niños de mi barrio recorríamos en bicicleta las mágicas siestas del verano. Nada nos gustaba más que meternos en las calles del campo donde florecían las arabias y los membrillos, bañarnos en las acequias entre las mentas y los espárragos, subirnos a las moreras a comer sus frutos oscuros y jugosos. Cuando empezaba a atardecer nos sentábamos a la sombra de los altos carolinos de la casa de doña Elvira a escuchar sus historias fabulosas y repetidas y a observar los pájaros que se esponjaban las plumas como quien se prepara la cama para pasar la noche. Doña Elvira, era una mujer de voz suave y con acento español, mientras nos convidaba biscochos y servía té, nosotros la rodeábamos como pollitos. - ¿Qué pájaro es ese que canta tan bonito?- Le pregunté una tarde que olía a tortilla de papas. - Es una calandria, una cantante maravillosa, una descendiente de Galileo, el más valiente de los enamorados. Quieren saber la historia de esos pájaros? Es muy bonita-nos dijo mientras se alisaba su vestido floreado. Por supuesto que no hizo falta que se lo pidiéramos, ella ya sabía que nos moríamos de curiosidad. - En una época, hace muchos, pero muchos años, las calandrias vivían prisioneras del viento. Si soplaba desde el sur, ellas no hacían más que abrir las alas como un barrilete y se dejaban llevar por sobre los prados, los ríos y los bosques hasta donde el suspiro loco de la tierra las quisiera dejar. Hasta donde el viento se encontrara con otro de dirección diferente, o exhausto, decidiera descansar y aquietara el aire. Entonces, en ese momento de reposo, las bandadas de estos pájaros se desparramaban entre las copas de los árboles y cantaban, en coros dulces y tristes, sus visiones a las hojas. En las tardes calmas, el espacio entre las ramas se llenaba de castillos musicales, con senderos y muros de sonidos. Las hojas extasiadas escuchaban las maravillas de otros lugares: de niños que no conocían los rabanitos; de una princesa fea casada con un príncipe feo; de un río que arrastraba piedras de color azul y les confundía el lugar del paraíso a los creyentes; de ciudades de maderas perfumadas construidas sobre el agua; de lugares de la tierra donde los cielos no se oscurecían en la noche y de otros donde el sol era como un durazno y no quemaba las pieles. Las plantas, prisioneras de la tierra, escuchaban con nostalgia las novedades. Las flores se enamoraban y preparaban las semillas en su vientre de seda. Luego, de repente, volvía a soplar el viento de espíritu nómada. Las calandrias, que se habían hecho amigas de las hojas y de las flores, apretaban sus patitas a las ramas, tratando de demorar la partida, pero después de un rato, indefensas ante la fuerza de la correntada de aire, eran arrancadas de su lugar y volvían recorrer los bajos cielos y el amplio mundo, de océano a océano, de continente a continente. Las primeras estrellas empezaban a posarse como alfileres luminosos en la tela del cielo. La Elvira movía las manos para mostrarnos el vuelo de sus sueños. A nosotros nos brillaban los ojos. - Los seres humanos esperaban ansiosos los vientos que trajeran esos pájaros de cantar dulce. Su llegada era considerada un buen augurio que causaba abundantes cosechas y amores felices. Por eso se sabían afortunados aquellos que, por lo menos, las habían visto alguna vez en la vida, aunque más no fuera como un momentáneo oscurecimiento del día, colmado del aleteo infatigable de la bandada arrastrada por los aires: una nube móvil de miles y miles de aves vagando por la tierra. Entre todas ellas había un macho joven de pechera del color de la ceniza del álamo, ojitos como estrellas negras con cejas pintadas como un príncipe. Su larga cola tenía dos franjas negras como el azabache y una blanca como la nieve. Cuando cantaba parecía que el silencio era atravesado por cristales de luz. Volaba con otros machos en la delantera de la bandada probando las nubes y la oscuridad antes que el resto. Su nombre era Galileo. - ¿Quién le puso ese nombre?-preguntó el Raúl que siempre andaba preguntando cosas raras. - Sus padres, porque sabían que los que llevan ese nombre se adelantan a su época y descubren nuevos mundos para los que vienen después que ellos. Una tarde de fines del invierno, volando prisioneros del viento zonda, sobre una tierra poblada de jarillas y chañares, vio a una hembra de largas pestañas y pico color de una almendra madura. Su nombre era Anémona. Se deslizaba sin esfuerzo entre otras hembras, como si fuera una idea feliz. Parecía que el aire se abriera ante la suavidad de sus movimientos. Fue verla y sentir que el corazón, a Galileo, se le llenaba de copos de algodón. Sin embargo, no podía salirse de la formación para acercarse a ella. Toda la tarde y la noche voló como imantado, mirándola y suspirando de amor. El viento no cesaba de soplar: loco, desatado, como persiguiendo el horizonte. Para cuando el lucero del alba se colgó del cielo como una gota de rocío e inició la decoración del planeta con millones de gotas de rocío colgando aretes de los pastos, de las flores y de las telarañas, Galileo tenía los ojos con el brillo del agua del amanecer. Y en el brillo, como en un espejo prodigioso, se reflejaba el cuerpo sutil de Anémona, una flor de plumas cenicientas, abriendo el aire, llenándolo de gracia. A la mitad de la mañana Galileo era un corazón de plumas en forma de flecha buscando el corazón de su amada. Sus compañeros lo miraban extrañados: nunca un pájaro se había enamorado fuera de la época de celo y, mucho menos, en pleno vuelo. Eso iba contra el espíritu de la tribu. - ¿Y ella? - Ella iba distraída viendo como los campos y las ciudades se deslizaban bajo sus alas. Avistando a la gente como hormiguitas laboriosas. Fue una de sus amigas, Céfiro, la que le señaló el macho que volaba adelante, a la derecha, donde el viento era más arremolinado. “Galileo, el de ojos de carbón, te está mirando”, le dijo. Anémona, al principio, no le prestó atención, apenas si lo miró. Pero, después de un rato, sintió que su sangre se llenaba de copos de algodón cada vez que lo observaba, que sus plumas se cargaban de electricidad, que el aire era más suave de respirar. El cielo se le volvió más cielo. - O sea que también se enamoró -dije - ¡Y cómo, y cuánto, y con qué fuerza! Cada nube que atravesaban y le ocultaba por un momento el cuerpo de su amado, se le hacía eterna. Nosotros formábamos un círculo hechizado alrededor de doña Elvira. Hasta la tetera parecía escuchar. Mi madre estaría preguntándose porque no volvía a casa. Pero no me importaba demasiado. - El viento con el correr de la mañana se hizo más y más impetuoso. Para colmo, se encontró con uno que venía desde el sur, a gran altura, y frenético de alegría, tomo el impulso de un remolino. En el camino, el grupo se topó con un bando de palomas torcaces y algunas águilas, majestuosas y pacíficas que volaban en círculos solitarios. Las águilas nunca estuvieron presas del viento, ¿saben? La bandada en su jaula de aire navegaba cada vez más de prisa, llevada por el embrujo del viento. Aunque las calandrias estaban muy cansadas no podían detenerse ni por un instante. Los ojos de Galileo se encontraron con los de Anémona. En ese momento, los dos sintieron que un lazo de pétalos los uniría para siempre. Un poder más fuerte que el viento, más incesante, los hacía invencibles. El zonda cada vez soplaba más enérgico, más loco, un látigo de aire y polvo sobre el mundo. En ese momento Galileo distinguió, sobre un campo de alfalfa, allá abajo, un remolino de suculentas mariposas amarillas. “Voy a salir de la formación, voy a bajar a ese campo”, anunció. “Es contra las leyes” dijo Antinómico, el macho más viejo; “Es imposible” dijo Microcéfalo; “No quiero que lo hagas”, dijo Antagónico; “Morirás” dijo Epitafio; “¿Para qué salir de la formación?”, preguntó Cómodo. Pero Galileo ya no escuchaba otra voz que la que le venía del centro del pecho, la que le mandaba a unir su vida a la de la bella Anémona. Hizo un movimiento con la cola y arqueándose en el aire plegó sus alas al cuerpo como había visto hacer a los halcones. Enfrentó al viento ante la exclamación aterrada de la bandada. Al principio se sintió un poco extraño, como si entrara en un agua levemente electrificada y tibia, pero después estuvo seguro: él podía, por el amor de Anémona, él podía… Se lanzó en picada. La tierra brillaba cada vez más cerca. Cuando llegó al campo de alfalfa, abrió un poco las alas para frenar y de un golpe de pico, atrapó la más exquisita de las mariposas para regalársela a su amada. Remontó el aire nuevamente, pero la bandada seguía alejándose, alejándose, prisionera. Por mucho que aleteaba nunca la alcanzaría. Entonces, Anémona que había visto todo con su alma de pájaro apretada de miedo, hizo un movimiento con la cola, arqueó su cuerpecito y desafió también al viento ante la exclamación aterrada de la bandada. “Esta loca” dijo Cuerda, la vieja dama; “Eso sólo lo hacen los machos”, dijo Sumisa; “Morirás”, dijo Agorera; “Te arrepentirás”, dijo una rubia de cuyo nombre no me acuerdo; “Ay”, suspiró Céfiro. Pero ella en picada, a contraviento, voló hacia el bravo Galileo. La bandada azotada por el viento vio como los enamorados se encontraban sobre el campo lleno de luz, como danzaban un vals bajo el cielo, como sus picos se juntaban para compartir la amarilla mariposa del amor. - ¡Carlos! ¡Carlitos!- me llegó la voz de mi madre. - Acá estoy Mami, es un minuto nada más. Ahí voy. - Así fue la historia-dijo doña Elvira-. Desde ese día las calandrias llegaron a Mendoza para quedarse. Galileo y Anémona tuvieron muchos pichones, tan valientes y enamoradizos como ellos. Los otros integrantes de la bandada, sabiéndose libres del viento para siempre, pudieron elegir sus destinos. Algunos emigraron hacia otras tierras, otros se quedaron, encantados con nuestro sol y el perfume de nuestro campo. Los árboles y las flores llenaron de música su vida. Así pasa, chicos, el amor nos hace ver caminos en el aire, donde los demás no lo ven. Esos son los caminos que hay que recorrer. Esa noche, las milanesas con papas fritas y las manos de mi madre acariciándome antes de dormirme, estuvieron maravillosas. Mis sueños estuvieron llenos de alas.

martes, 6 de marzo de 2012

El aguaite




En 1.970 nació mi hermano menor. A los pocos días mi padre fue al registro civil a ponerle por nombre Goico Catriel, nosotros pensábamos que por cuestiones de extravagancia. Por las mismas razones que a mi hermano mayor llamó Ñacuñan Lautaro Fernando o a mí Carlos Atahualpa, al no permitírsele Caupolican. Pero no era así. Volvió a casa contrariado. Tuvo que inscribir a mi hermano con otros nombres. Bajo los gobiernos militares, especialmente, los nombres indígenas, como los mismos indígenas, debían desaparecer de los registros oficiales. Goico se llamó el cacique puelche bisabuelo de mi padre. A mediados del siglo XIX fue el amo bárbaro de estas tierras y de estos cielos. Nunca fue bautizado, ni inscripto en registro civil.

Carlos Décimo Sáez, mi padre, compró la finca de Cuadro Benegas a fines de la década del ’70. Tal vez sabía lo que yo sé ahora y nunca lo pudo decir. Tal vez sólo lo intuía. Tal vez son imaginaciones mías.

Había estado evaluando otras opciones inmobiliarias por esos días. Fuimos a ver una propiedad de una hectárea con dos casas entre pinos en la calle Los Sauces, a tres kilómetros del centro del pueblo. Las casas y el lugar eran hermosos, pero mi madre lo terminó convenciendo que allí iba a terminar siendo presa fácil de la soldadesca que asolaba las calles del país. Nosotros, argumentó, lo que necesitabamos, era vivir tranquilos. Tenía razón, la vieja, pero por otras razones: ahora a la zona se la disputan los inversores que quieren timar a los turistas y los terrenos se subdividen en porciones cada vez más pequeñas donde se instalan cabañas, piletas y canchas de futbol para cuatro jugadores.
Un día mi viejo llegó, pues, con la noticia de que había comprado una finca en Cuadro Benegas. Traía una media sonrisa que, en su caso, siempre era una expresión plena de felicidad.
La primera razón que dio para haber elegido el lugar, la única, por otro lado expresada como una unidad de sentido, aunque después con las horas y los días la fue completando con sus frases inconclusas y sus miradas aprobatorias, fue: “Me convenció cuando me dijo que él dormía arrullado por ocho músicos”. Los ocho músicos no son otros que unos álamos italianos que se alinean en una acequia a unos pasos de la ventana del dormitorio principal y se esmeran con los vientos del desierto al caer la tarde.
La finca de Cuadro Benegas, tal como nos la entregó el señor Pagano, un amable embustero al que le parían las cerdas dentro de los zapallos y pasaba días sin hallarlas y que criaba culebras en el interior de la casa, eran alrededor de nueve hectáreas de trazado y superficie irregulares, con cultivos de nogales, viñedos y alfalfares mechados por puro monte espinoso de la zona.
Ese fue el encanto segundo para mi padre. Ver que entre los olivos crecían los chañares; que donde medraban los alpatacos, pedían agua los membrillos y que a unos metros de los damascos, podíamos cortar jarilla para el asado. El terreno, todavía, tiene altos y bajos; ripios en los altos y gredas en los bajos. No es una finca, es un lugar donde uno se viene a vivir o a morir. Pero eso no lo sabíamos entonces. Entonces sólo sabíamos que por acá había pasado el río Diamante hace unos pocos siglos, que a una hora de a caballo se llega a la Cuesta de Los Terneros y que en dos, río arriba, está la Villa 25 de Mayo. Que en los días claros, que son casi todos los días en este lugar de aire transparente, desde aquí se puede ignorar o dominar una visión del mundo.

Muertas a tablazos las serpientes, construida la chimenea, la familia empezó a pasar cada vez más tiempo en la vieja casa de adobe, haciendo huertas, cocinando pan en el horno, carneando chanchos, tumbándonos a leer bajo los árboles centenarios, llenando las habitaciones de nueces y de jamones, bebiendo vino en la galería con los amigos y los parientes.
Recordando esos días, hago un alto. A veces venía en el colectivo de los sábados a la mañana, el tío Tago. Para nosotros era como si nos visitara Diógenes, Dionisios y Groucho Marx, todo en uno. Una fiesta particular para el alma. Traía por todo equipaje unas alpargatas envueltas en diario y un cartón de Fontanares. Mi padre, esos fines de semana, ponía en el baúl del auto una damajuana extra de vino. Mi tío, después de haberse mudado el calzado, se sentaba circunspecto, olímpico y cálido, a la punta de la larga mesa, se cruzaba de piernas, se llenaba el vaso y comenzaba a fumar y a beber con la zurda. No era cuestión de andarle encima. La relación consistía en breves acercamientos. De su cuerpo de pequeña esfinge, por entre el humo y la espesa niebla del vino, he escuchado el humor más serio, la sabiduría más triste, el amor más desesperado.
Mi tío, probablemente también supiera lo que yo sé ahora, por eso siempre daba la espalda al poniente, guardaba silencio y sus ojos fingían mirar la nada. Tal vez, con mi padre, tuvieran pactado el silencio.

El caso es que los años se vinieron como un aluvión de los tantos que cambian las geografías familiares. Nos casamos, nos nacimos, nos fuimos, nos morimos, nos separamos, nos volvimos a juntar, nos volvimos a morir, nos volvimos a nacer. Me fui, hasta de mí, y finalmente, volví. Mientras, la finca, fue mutando. Primero arrancamos los viñedos; más tarde se secaron los potreros; después murieron los nogales. Se abrieron socavones hacia el sustrato calizo que se bebieron las pocas sierpes de agua que llegaban. De las nueve hectáreas originales conservamos hoy “civilizadas”, algunas líneas de olivos y damascos, las dos centenas de árboles centenarios que circundan las casas y el espacio donde persiste el sueño. Por el resto, sostenemos un pulso desigual con el desierto.
Me pregunto que me ata a este lugar. La pregunta no es de ahora. Las respuestas van variando. Es tan larga la enunciación, tan arbitrario el recorte que, por fuerza, tengo que adoptar un estilo casi poético: Aquí fui y soy feliz; concebí a mis dos hijos (me doy cuenta que en el mismo lugar, frente a la misma ventana, la que da al oeste); descubrí a Borges, a Faulkner, a Chandler, a Bolaño; comí asado con Saccomanno (hablando de Arlt y del poder reivindicatorio de las mujeres locas), y con mis mejores amigos fui epicúreo y estoico; escuché a Charlie Parker junto al Héctor Cuestas mientras hablábamos de la vida de las abejas; pasé las últimas horas con mi madre; estuve desolado y muriéndome de risa; me vi loco y me vi cuerdo; vi trabajar a mi padre junto a los abejorros con una damajuana de vino a la sombra de su huerta; vi a mi hermano arrostrar una tormenta de a caballo; he encendido los mejores fuegos y visto las más lucidas estrellas; los eché a todos y a todos les di la bienvenida; me enamoré por última y por primera vez de mi mujer. Aquí nace la mañana y la luna como si alguien nos las regalara; aquí las estaciones son el mismo camino. Aquí me sigo criando. Pero, ¿por qué continuo aquí? La pregunta persiste, la pregunta me constituye. Lo que sigue no es un sueño, ni es una visión, es puro intento literario, por lo tanto tampoco es historia, es una estocada en lo oscuro. Es una respuesta provisional que acomoda y desajusta por un momento mis cosas.

Por esos andurriales, la indiada viene de gala. El cacique y su cortejo van a acordar la paz definitiva y el traspaso legal de algunas tierras. Hace rato que por estos desiertos el huinca anda ofreciendo dádivas y comprando voluntades. Muchos jefes ya han depuesto los ímpetus guerreros de sus antepasados, ya han adoptado la religión y algunas costumbres de los de afuera. No queda otra, parece. El sol arrecia en las estribaciones del cerro de la Guardia. En un rato la caballada apagará la sed y los hombres llenarán los chifles de cuerno en las aguas del río que ruge en las cercanías. La yegua de Goico se manca en una tunduquera. El jefe maldice. Ordena el alto. Descansa bajo un espinillo. No está cómodo con las ropas de cristiano. Busca un lugar donde aliviar las exigencias de la próstata. Se demora en el trámite. Achina los ojos cubiertos por una nube azulina. Mira hacia la cuesta y después hacia el poniente, donde lo aguarda la guarnición del Fuerte de la Villa 25 de Mayo. Mea de a gotas, cada una un sufrimiento. Con el ardor piensa en que el destino de su sangre es mezclarse, confundirse con otras y perder la memoria. Sueña despierto con la muerte. Este mismo lugar piensa, donde ahora meo, será la tierra de otros que nada sepan de nosotros. Escupe por entre los dientes, todavía sanos. No puede entender del todo a los huincas. Para que quieren tanta tierra, si a fin de cuentas, no la teníamos antes de nacer, ni la tendremos después de morir. La tierra es para andarla, no tiene límites para el indio. Hubo unos Báez o Godoy que le han dado cosas preciosas a cambio de tierra: yeguas gordas, uniformes rojos con botones dorados, espuelas de plata. Cosas útiles que se pueden usar mientras la gente, su gente lo ve. Alguien, un ayudante le acerca las riendas de un bayo de recambio. Monta de un salto, sin ayuda y, con un gesto, ordena proseguir. Esa noche, en el Fuerte, habrá carne asada y vino de Mendoza hasta el hartazgo. El cacique Goico, a sabiendas, lleva a su pueblo hacia la perdición, para salvarlo.


Cada mañana me levanto y miro por la ventana de mi habitación. De un lado la Cuesta de los Terneros, al Cerro Bola y al de la Guardia; del otro, un ciprés quebrado por la tormenta, que tapa la visión del horizonte, hacia la villa 25 de Mayo. En medio de esos puntos, cerca de mí, a unos pasos, ocho músicos. Me gusta, a mí también, mear al aire libre. El horizonte ahora, está tapado por las arboledas del oasis. No hay mucho para ver.
A veces, le hablo a mi hijita sobre el sabor increíble de las mandarinas que pronto le haré probar. Me mira con unos ojos que asustan, azules como el mejor de los cielos. Ojala le pueda enseñar a irse de estas tierras cargadas. Tal vez algún día yo también me vaya.