Hay un reloj despertador en mi pieza. Fue de mi abuela. Es a cuerda, pero siempre está parado. La hora clavada en dos direcciones que nunca averiguo que instante marcan. Hay otro, de pulsera, mas moderno, que ha quedado anclado en el cajón de mi escritorio. Ese ha perdido las agujas, pero debe guardar, también, una hora muerta en sus circuitos japoneses.
Los relojes se van perdiendo, empujados al abismo por los celulares, que también abisman los contactos, en estos días.
Si uno pudiera seguir, hacia la derecha, hacia el después, el camino de los relojes, podría, quizás, reconstruir el destino. Pero no hay destino en los relojes digitales, tan sin espacio hacia la hora exacta de la esfera en que uno tiene un encuentro con el amor, el deber, el hábito. Tampoco tienen destino las horas de los celulares, tan satelitales ellas, tan un ojo helado emitiendo y recibiendo señales desde la ausencia, desde alguna noche, desde algún sol perdido en los umbrales de la galaxia, desde la ceguera.
Me queda sólo vislumbrar hacia atrás mis destinos perdidos; recorriendo, moroso y obsesivo, las bifurcaciones no recorridas, los puntos oscuros donde decidí seguir a cara o cruz, dejando la moneda de la suerte señalando la ruta virgen para luz de otros viajeros que, descubro ahora, son yo mismo, este yo que ya no puede volver. Las horas suelen pasarme en ese tiempo que no pasó. Esa nostalgia, descubro, es mi destino, el que nunca pude dejar de viajar.
Los relojes detenidos tal vez marquen puntuales renuncias, apuradas decisiones, salvadas por un pelo. Los relojes detenidos tal vez denuncien mi ignorancia. Tal vez todas mis muertes. Tal vez mi muerte.
En una de esas, la nada.
domingo 12 de julio de 2009
jueves 15 de enero de 2009
Siemprevivas

Desde hace días caen los damascos maduros junto a mi ventana. El viento, a veces la lluvia, mecen las ramas y caen, heridos de muerte, dulces y vanos.
Esta mañana descubrí a la perra del vecino comiéndolos. La perra es blanca, lanuda, enorme. Demasiado elegante para estos desiertos. Saborea lentamente la pulpa y deja los carozos. Cuando me ve huye. Pero no se va lejos. Salí a darle de comer a mi perro y entonces ella se acercó. Tenía hambre también. Comió unas sobras de arroz con remolachas. No me deja que la toque. Se llama Lola. Como mi mamá.
Hoy hace tres años que mi mamá se murió en mis brazos, inconciente y dulce. Mi vieja que era como esa fruta que cae junto a mi ventana. Si hubiera estado viva, habría hecho mermelada de damascos. Era de las cosas que mejor le salían.
Mas tarde, después de mucho tiempo sin ir, fui al cementerio. No voy por los muertos, voy por mi mismo. A encontrarme cara a cara con el dolor. Por eso prefiero ir solo. Compré dos ramos de siemprevivas y tres claveles rojos. Al subir las escalinatas ya iba emocionado. Recorrí los doscientos metros con los ojos picantes de lágrimas sin salir. Me equivoqué de fila. La municipalidad esta haciendo algo con los muertos. Incomprensible, por supuesto, para los vivos. Por fin, di con el nicho de granito gris. Allí están los restos de mi hermano Ñacuñan, de mi abuela Adalgisa, y de mi madre, en orden de desaparición. Al pie de la tumba hay un pequeñísimo cantero con enamoradas del sol. Fucsiamente enamoradas. Nada más. No había frascos para mis ramos. Pero encontré dos en el sepulcro vecino. Puse un clavel y un manojo de siemprevivas en cada uno. Después eche agua en la piedra, para lavarla y para regar las enamoradas del sol. Tenía la vista empañada por las lágrimas. Un leve olor a muerto me acompañó el minuto en que me quede mirando la nada gris. Fue una compañía amistosa.
Camino a la tumba de mi padre, encontré un túmulo de siemprevivas muertas. Tomé un ramo para usarlas como semillas. Los restos de mi padre están en otra parte, nicho 129, emparedados junto a los de su hermana Tita. Para llegar ahí hay que subir una escalera. Las paredes están pintadas de amarillo, al agua. Cerca del nicho de mi padre, el olor a muerto era mas intenso. Él no estaría a disgusto. Le gustaban esas cosas. Puse en un recipiente de cinc el resto de las flores que había comprado. Pensé, al poner el clavel rojo, que a él también le hubiera gustado pensar que era un clavel comunista.
Quince minutos después de haber entrado, salí del cementerio y ya no lloraba. Al subir al auto pasó una chica mostrando los pechos, era lo único más o menos tratable de su persona. Al pasar junto a mí, escupió. Sin impulsar la saliva, solo dejándola que le cayera de los labios, como escupen las mujeres y los que mascan tabaco. No creo que me haya visto.
Después volví a Cuadro Benegas. En la siesta, asustados por la brisa, los damascos siguen cayendo junto a mi ventana, dulces y vanos. Lola debe estar con sus dueños, mis vecinos. Me he propuesto sembrar las siemprevivas muertas.
En mi cabeza y en mi pecho he estado todo el día escribiéndole a mi mamá. A la Lola le gustaba sembrar siemprevivas y hacer dulce de damascos. Hace tres veranos que la extraño. Parece mentira.
Esta mañana descubrí a la perra del vecino comiéndolos. La perra es blanca, lanuda, enorme. Demasiado elegante para estos desiertos. Saborea lentamente la pulpa y deja los carozos. Cuando me ve huye. Pero no se va lejos. Salí a darle de comer a mi perro y entonces ella se acercó. Tenía hambre también. Comió unas sobras de arroz con remolachas. No me deja que la toque. Se llama Lola. Como mi mamá.
Hoy hace tres años que mi mamá se murió en mis brazos, inconciente y dulce. Mi vieja que era como esa fruta que cae junto a mi ventana. Si hubiera estado viva, habría hecho mermelada de damascos. Era de las cosas que mejor le salían.
Mas tarde, después de mucho tiempo sin ir, fui al cementerio. No voy por los muertos, voy por mi mismo. A encontrarme cara a cara con el dolor. Por eso prefiero ir solo. Compré dos ramos de siemprevivas y tres claveles rojos. Al subir las escalinatas ya iba emocionado. Recorrí los doscientos metros con los ojos picantes de lágrimas sin salir. Me equivoqué de fila. La municipalidad esta haciendo algo con los muertos. Incomprensible, por supuesto, para los vivos. Por fin, di con el nicho de granito gris. Allí están los restos de mi hermano Ñacuñan, de mi abuela Adalgisa, y de mi madre, en orden de desaparición. Al pie de la tumba hay un pequeñísimo cantero con enamoradas del sol. Fucsiamente enamoradas. Nada más. No había frascos para mis ramos. Pero encontré dos en el sepulcro vecino. Puse un clavel y un manojo de siemprevivas en cada uno. Después eche agua en la piedra, para lavarla y para regar las enamoradas del sol. Tenía la vista empañada por las lágrimas. Un leve olor a muerto me acompañó el minuto en que me quede mirando la nada gris. Fue una compañía amistosa.
Camino a la tumba de mi padre, encontré un túmulo de siemprevivas muertas. Tomé un ramo para usarlas como semillas. Los restos de mi padre están en otra parte, nicho 129, emparedados junto a los de su hermana Tita. Para llegar ahí hay que subir una escalera. Las paredes están pintadas de amarillo, al agua. Cerca del nicho de mi padre, el olor a muerto era mas intenso. Él no estaría a disgusto. Le gustaban esas cosas. Puse en un recipiente de cinc el resto de las flores que había comprado. Pensé, al poner el clavel rojo, que a él también le hubiera gustado pensar que era un clavel comunista.
Quince minutos después de haber entrado, salí del cementerio y ya no lloraba. Al subir al auto pasó una chica mostrando los pechos, era lo único más o menos tratable de su persona. Al pasar junto a mí, escupió. Sin impulsar la saliva, solo dejándola que le cayera de los labios, como escupen las mujeres y los que mascan tabaco. No creo que me haya visto.
Después volví a Cuadro Benegas. En la siesta, asustados por la brisa, los damascos siguen cayendo junto a mi ventana, dulces y vanos. Lola debe estar con sus dueños, mis vecinos. Me he propuesto sembrar las siemprevivas muertas.
En mi cabeza y en mi pecho he estado todo el día escribiéndole a mi mamá. A la Lola le gustaba sembrar siemprevivas y hacer dulce de damascos. Hace tres veranos que la extraño. Parece mentira.
martes 30 de septiembre de 2008
La puerta
Cuando no viene el sueño todavía, en ese minuto abismal donde la muerte es una presencia descuidada, se derrama el vino en las heridas, en los babilónicos jardines donde se trasmutan las hiedras en serpientes.
Enamorarse de mí, en ese minuto donde mi respiración busca otro ritmo, es enamorarse de un animal tan fugaz como implacable, de un demonio tan irreductible como acorralado.
Mis ojos en la oscuridad buscan sangre, estaciones sagradas donde nacen flores negras en guirnaldas; flores que laten como cuellos asediados. Mis labios son belfos bebiendo el aire agonístico del galope en la llanura, indagando, urgentes, la sangre y las vísceras, la copa de luz.
Mi cuerpo se resuelve en espasmos mientras llega la noche. Ya en sueños, en manos de la hidra, aparecen, solapados, los viejos actores y los íntimos universos. En ese momento ya nada sabré que no haya pasado.
Vienen por mí. Por unas horas. Por ahora.
Ahora.
Enamorarse de mí, en ese minuto donde mi respiración busca otro ritmo, es enamorarse de un animal tan fugaz como implacable, de un demonio tan irreductible como acorralado.
Mis ojos en la oscuridad buscan sangre, estaciones sagradas donde nacen flores negras en guirnaldas; flores que laten como cuellos asediados. Mis labios son belfos bebiendo el aire agonístico del galope en la llanura, indagando, urgentes, la sangre y las vísceras, la copa de luz.
Mi cuerpo se resuelve en espasmos mientras llega la noche. Ya en sueños, en manos de la hidra, aparecen, solapados, los viejos actores y los íntimos universos. En ese momento ya nada sabré que no haya pasado.
Vienen por mí. Por unas horas. Por ahora.
Ahora.
domingo 20 de julio de 2008
Alfombras Mágicas

El abuelo decía: enhabiendo cónque no importa dónde.
Los dónde. Cuántos. Sobre el pasto del verano junto a las vías del tren; en la cama individual de sábanas acartonadas durante la época de amores furtivos de la adolescencia; en los asientos que se pegaban a las pieles en varios autos; en las tres camas que tuvo mi matrimonio con actos oficiales y varios ilícitos; en la cama que heredé de ese mismo matrimonio, acostumbrada a navegar por los cuartos donde se asienta, en un mar de gemidos y fruición; en los sofás habitados por plumas de ganso, pulgas de gatos, con almohadones que mejoran o incomodan las posturas; en hoteles donde tu tiempo tiene un antes y un después, y un ahora limitado; en las zonas liberadas por parejas anteriores para mis pasiones presentes; sobre los pisos con colchón, frente a chimeneas con fuegos empalidecidos ante nuestros juegos; en las camas que escoran, revientan, rechazan, escapan, crujen, chillan, amenazan; sobre mesas, contra paredes, en sillas; pegados a árboles, tierra y cemento; pasajeros de sábanas y alfombras que levitan; rodeados del puro aire lleno de sortilegios de pie. Los lugares sagrados donde hemos asperjado la sangre y el semen; el flujo y el vino; los pelos y los besos. El cuero hecho baba, primos de la luna, esclavos de la lluvia y la nieve, parientes de toda estrella.
El espacio más íntimo y más compartido. La razón por la que creo y no creo en los dioses. La razón para crear.
Los dónde. Cuántos. Sobre el pasto del verano junto a las vías del tren; en la cama individual de sábanas acartonadas durante la época de amores furtivos de la adolescencia; en los asientos que se pegaban a las pieles en varios autos; en las tres camas que tuvo mi matrimonio con actos oficiales y varios ilícitos; en la cama que heredé de ese mismo matrimonio, acostumbrada a navegar por los cuartos donde se asienta, en un mar de gemidos y fruición; en los sofás habitados por plumas de ganso, pulgas de gatos, con almohadones que mejoran o incomodan las posturas; en hoteles donde tu tiempo tiene un antes y un después, y un ahora limitado; en las zonas liberadas por parejas anteriores para mis pasiones presentes; sobre los pisos con colchón, frente a chimeneas con fuegos empalidecidos ante nuestros juegos; en las camas que escoran, revientan, rechazan, escapan, crujen, chillan, amenazan; sobre mesas, contra paredes, en sillas; pegados a árboles, tierra y cemento; pasajeros de sábanas y alfombras que levitan; rodeados del puro aire lleno de sortilegios de pie. Los lugares sagrados donde hemos asperjado la sangre y el semen; el flujo y el vino; los pelos y los besos. El cuero hecho baba, primos de la luna, esclavos de la lluvia y la nieve, parientes de toda estrella.
El espacio más íntimo y más compartido. La razón por la que creo y no creo en los dioses. La razón para crear.
sábado 21 de junio de 2008
Yo no

Entonces llega el olvido como una niebla espesa y definitiva. Una niebla de partículas cotidianas. Una niebla de partículas húmedas y ruidosas. Hoy empieza el invierno. Para venir se ha puesto una máscara nublada y amarilla. Uno se despierta y anda. Las cosas, las sensaciones corren velozmente a sus marcas. El día se arma ante mis ojos. Parece que elijo las vestiduras y las mudanzas de la mañana. Entre tantos quehaceres andás vos que te quedaste del otro lado de la cortina, en las regiones ingrávidas del sueño. Eso lo intuyo en mi yo que casi nada sabe.
Ya no sé, por ejemplo, cómo fue que te hice lugar en el acantilado. Supongo que el amor se repite a si mismo y abajo el mar se bate con monstruos y arriba el cielo se bate a punto nieve. Esas cosas del borde de los tiempos, esas notas animales, esas bases ante el viento y la muerte. El imposible de una palabra después de la siguiente, unos ojos encontrados en un desván de estrellas, dos cuerpos que no se desdoblan, el buen silencio donde se oyen los corazones y la voz de la bestia, el levantarse entre risas y enfrentar el cierzo y el sueño en mitad de la noche. Y todos los gestos que acechan.
El recuerdo es el todo que nada en el cuerpo sutil del olvido: la vibración, el rumor, el silencio estruendoso. El cuchillo clavado en la arena.
jueves 29 de mayo de 2008
Pasiones menores (Título provisional de fragmento de novela en curso)

(...)Mediados de setiembre
Vuelve el calor. Con el calor, las noches de la infancia. Noches interminables con olor a espiral de piretro y sonidos ahogados en las tinieblas: muebles, criaturas ciegas que medran en lo oscuro, ronquidos familiares. Lobizones y vampiros que rondaban bajo las lámparas del alumbrado público espaciadas por media cuadra de distancia. Islitas amarillentas de luz, circunvoladas por miles de polillas y cascarudos. Mas allá los suburbios: la Urquiza, Pueblo Soto, El Toledano.
Hacia el sur, el Diamante, y el pobrerío arrastrado por la correntada. Ese fue mi primer río.
Hubo otros.
Un vislumbre (sólo eso) del Paraná. Las aguas bañando la arena de mica en el Yuspe y los cuerpos dorados y tibios. Y el viejo a matar yararás en senderos fragantes. A palos. Vacaciones con olor a carpa, café con leche condensada y estrellas.
Noches como ríos donde navegaba el miedo a los vampiros y al lobizón. Rechinando los dientes, muy quedo y secreto. Solitario, inmóvil y transpirando bajo las sábanas. Hasta que Papá se levantaba al baño y ponía la pava al fuego. Todavía oscuro, todavía la noche como un río de petróleo, pero ya libre del miedo. Ya el pavor descomprimiéndose por las canillas y el chorro del inodoro. El marco amenazante de las ventanas llenándose de plantas y de pájaros ansiosos, desterrando los ojos y las garras, las criaturas mortíferas, el silencio de los latidos.
Ahora, en momentos así, en que vuelvo al terror de la infancia, bogando en la corriente hedionda, ni los amigos sirven, ni la luz del verano. Ahora es ahora, cuando escribo para que pasen las horas, para no morirme todavía. Ahora es cuando evoco el ancho San Francisco, el Iguazú, el Pilcomayo, el Mendoza, el Atuel y el añorado Mississipi de Huck. Tanta agua corriendo como luz.
Pero, no me engaño, cuando escribo, abajo, detrás, donde nadie llega sin mi guía, el Estigia y el barquero.
Yo sin cambio, sin una rodela de bronce para pagar la prestación.
Escribo porque, comprimido bajo los huesos de mi cráneo, como un tumor, viaja la peste por el Danubio, la barcaza llena de ratas y una figura pálida y calva vestida de negro. Un Klaus de pesadilla, más pesadilla que la de Werner, hace sonar los labios sedientos, se inclina sobre mi cuello y me mata para no morir.
.(...)
martes 6 de mayo de 2008
Lo leve y lo cierto
El pasajero:
Las percepciones nimias como el brillo de la escama del inasible pez; los gestos de intimidad absoluta, esas manos que descorren las pieles mientras Venus acecha a la luna creciente; lo no intencionado de esas ramas que se doran mientras la razón es un continente a la deriva; los tesoros frágiles de los atardeceres entre pájaros en vuelo y cielos como mares; los relámpagos de las miradas, cuando las redes son echadas entre sargazos brillantes; los rumores elementales en el matraz del cuerpo amado, esa vida inconcebible que transcurre al alcance de mis manos.
El viaje:
La idea de un tiempo como un bloque de caricias y besos que se yergue ante mis días; el vislumbre de un cuerpo que mantiene la flor de fuego aun en el piélago de la senectud; la continuidad de los quehaceres y las compañías, el murmullo constante de la buena rutina y el norte del piloto; el tono de la vigilia y el color de los sueños, siameses desconocidos; las estaciones, ineluctables poblaciones al costado de las vías que camino; el otro que decodifica las voces y los ademanes, mientras fluye sangre, vino y semen; el este que permite el oriente, solitario en la profusión de semejantes.
El pasajero de lo vano y leve en el viaje eterno y cierto.
Escindido y absoluto, acá ando todavía.
Ante el miedo, ruge el amor en las entrañas.
lunes 21 de abril de 2008
La rueda del viento
Los álamos son un ejército verde que baila en la fijeza de la tarde. Desde la mañana el zonda lame sus hojas, las hace girar alocadas en la luz.
El calor de la siesta tiene puesta una manta en las rodillas, la sequedad parece reventar las paredes de las casas, el sol es un pesado metal colgado de las cosas.
Mendoza duerme la siesta con las puertas y las ventanas cerradas. Las calles son un sudario tendido al paso del aire caliente.
Los hombres se han sentado simétricamente apoyados en el tronco, bajo la sombra de un frondoso plátano. Han trabajado toda la mañana desbrotando los viñedos. Al mediodía han hecho un alto para un almuerzo frugal y ahora dormitan los sueños que trae el agua de la acequia.
Al pie del alto platano los hombres sueñan que están soñando.
Uno, el más viejo, sueña con una niña que ríe mientras juega enredada en el agua de la acequia. La niña tiene los dientes muy blancos y los hombros de seda oscura. La niña mete sus manos al agua y lo salpica con el hielo de su risa. El hombre no se quiere despertar porque sabe que es su hija cuando niña la que lo moja con el pasado. Con el pasado que está detrás de la pesada puerta que ya nunca podrá volver a atravesar. Con el pasado de su cuerpo joven y sus deseos nuevos. El hombre ahuyenta una mosca y sonríe entre sueños. El zonda es una manta en las rodillas del calor.
El otro hombre, el joven que duerme con el mentón sobre el pecho, sueña con una joven que danza entre el perfume de la yerbabuena. En el sueño, el sol se está ocultando y la noche es un vino prometido, un mundo delicioso habitado por el deseo compartido. Ella tiene los pies pequeños, los dientes blancos y los hombros de seda oscura. La mujer lo cerca con su risa, lo atrapa en su aire. Pero el hombre no pretende escapar cuando ella lo baña de futuro. Porque ese futuro es una mano tendida, un puente, un árbol iluminado por la luna. El muchacho se acomoda para seguir soñando. La acequia corre alocada hacia el viñedo.
El viejo y el joven dos caras de la moneda del tiempo. La niña y la joven la misma moneda que baila en el aire del tiempo.
sábado 5 de abril de 2008
Uno de varón

Si él no nos hubiera llenado en silencio de preguntas fundamentales, si no nos hubiera enseñado con los ojos las abiertas respuestas. Si no hubieramos crecido entre el olor a cedro de las bibliotecas llenas de los gritos ahogados de otros exploradores del tiempo y del espacio, si el aire libre no hubiera sido el elemento donde navegan nuestros cuerpos bajo el sol y las lunas. Si hasta el día de hoy no lo extrañara en su estricta transparencia ante la intemperie.
Hoy, otro 14 de junio en que a él le hubiera gustado volver a nacer, amaneció nevando en San Rafael.
En la finca de Cuadro Benegas las ramas de los árboles están grávidas de hielo y los pastos cortan con su cristal la mañana.
Si yo creyera en la resurrección, en el trajinar de los difuntos, si él no lo hubiera puesto en duda y nos la hubiera sembrado con sus manos de barro, diría que anda retozando en la nieve, asustando mojigatas, mirando el fuego, confabulando contra los sistemas injustos al lado de viejos sabios y de jóvenes ansiosos, tomando el vino del pasado con su hermano del alma.
Pero no creo.
Porque me enseñó a mirar con ojos abiertos, porque me enseño a buscar donde nadie busca, porque me enseñó a hablar, creo esto.
Palabras de homenaje a mi viejo: Don Carlos Décimo Sáez, nacido un 14 de junio de 1924, muerto antes de tiempo.
Enamorado de la pompa de la nieve, buscador de utopías.
sábado 29 de marzo de 2008
Razón de Estado

El mosaico ambarino del suelo del parque, una imagen inversa, un espejo que completa el dibujo ígneo de los árboles cubiertos de alhajas inestables.
Los membrillos pendientes de explotar en perfume, el dulce que mi hermana hizo para mí, las granadas rasgándose en rubíes.
El pasto, hasta donde sé, cubierto de la gasa helada de la llovizna otoñal. Las pocas flores que insisten en sus llamados. El lomo de las abejas que responden la urgencia antes de la llegada de los fríos.
La remera de esa mujer que me pone en mi lugar desde la cola de la caja del supermercado con sólo mirarme. Las chispas y el oro generado.
Mi encendedor, mi tabaco, mi taza, la luz que da el fuego al final del pasillo.
Mi pelo y barba. Los choclos, los zapallos y los ajíes en mi huerta. Las bananas y los limones en la frutera.
Caí como una hoja leve del sueño a la vigilia.
Me he despertado sólo, por error o por espera.
Estoy cercado por la estación. Afuera se desmadeja la mañana en hilos de agua.
El amarillo es un estado del amor y una provincia de la melancolía.
No al revés.
jueves 27 de marzo de 2008
Niebla

Hay un aire de risa y el mundo se suspende cuando un hombre y una mujer conciben su hijo. Cada lugar se hace todos los lugares donde secretos hilos prenden el fuego íntimo, hoguera misteriosa donde cesan los extraños.
Seas quien seas, cuando te generaron no importó el andrajo, el oro, la risa o la furia. Nunca podrás imaginar qué vino encendió aquellos labios, qué música recóndita bailaron esos cuerpos adictos, que estrellas llenaron los cielos que acariciaron sus pieles desnudas.
Tus padres fueron esa vez un solo ser cruzado por el relámpago que encendió tu chispa.
Para que fueras, el amor no se detuvo allí, en esa fusión primigenia de la materia fundante: Te dieron la existencia al nombrarte en la oscura pradera del vientre, cuando aún no habías sido dicho, cuando tu futuro planeta errante aún carecía de palabras y de gestos.
Al nacer te diste la vida cuando te vieron los demás y todo fue un enorme espacio a desandar hacia tu madre, hacia el fondo de sus ojos. Su seno te ató a la tierra con sedas de leche. En el carro de sus palabras murmuradas aún recorres tu camino.
Has crecido único entre millones de semejantes. Todavía hay un espejo que te deja perplejo por ser tan diferente.
Para llegar hasta aquí has evitado, sin saberlo, sendas seguras hacia la gloria y hacia el fracaso. Sos, además, todos los que pudiste ser, y no fuiste.
Has elegido y te han elegido; el amor te reveló otro ser. Alguien todavía habla con vos en sueños; alguien te guía desde la muerte; podés mirar a los ojos al niño que fuiste y sonreírle.
Esta noche, tal vez mañana, beberás un vino con un amigo, o con tu sombra, y el vino por tu cuerpo será un cuchillo de luz cortando la niebla.
Con algo de ceguera y con un poco de clarividencia estás llevando adelante tu intento para que la pasión no se muera en tu copa.
Cioran

"Pobre del escritor que no cultive su megalomanía, que la vea menguar sin reaccionar. Pronto se dará cuenta de que uno no se vuelve normal impunemente."
Acá estamos, en esta noche de la red, en la que, súbitamente, vaya a saber donde, un sediento lee. Los lectores son estrellas lejanas que reproducen, distorsionados, mis mundos en sus galaxias. Estelas, estrellas, marcas del azar y de la voluntad. Ahí vamos.
miércoles 26 de marzo de 2008
Donde vivo

En un espacio tan misterioso como el que media entre la mirada y el abrazo, la locura roe desesperadamente la tersura de lo real; mete las manos hasta el húmedo centro desde donde fluyen, luna tras luna, las aguas diamantinas, los gritos de luz, las serpientes heladas que se vuelven a perder en la arena.
Casi nadie recorre los senderos donde la oscuridad resplandece, solo algunos menesterosos de amor, pétalos de iridiscentes lágrimas, caminan bajo el embrujo del aire. Al alcance de las manos del espíritu ven erguirse y volar las águilas del verano. Siguen su vuelo, que traza rosas inasibles en el azul, como quien descifra un atardecer. Y luego vuelven al aire cerrado y gris de las habitaciones humanas, con una gota en la que cabe el universo, una espuma dejada en la playa por las olas del más allá.
Clavado en el corazón de la razón, sangra el vino, un rojo manantial de caricias. Mano a mano con el horizonte, el hombre que sueña, divaga por sus venas, timonel de inestable nave, aventurero de traje de piel de ante y besos como balas. Se despliegan sus alas hasta ser el día, hasta desnudar los muchos soles de cada día.
Entre la mirada y los cuerpos enlazados; entre el sueño y el diálogo; entre la arena y el vino se levantan los puentes, los pasadizos, las escalinatas que llevan a las fortalezas donde el cielo descansa. En las grietas de las plataformas de piedra viven lagartos y anidan golondrinas. Sólo el viento de la tarde, moroso y cálido, recorre el flamear de las banderas abandonadas. El silencio anida en una copa temblorosa a punto de derramarse; de despertarse de tanta soledad, de tanto arbusto desafiando el abismo.
Allí los hombres ataviados de palabras como joyas, en vaivenes fabulosos, alejados por completo de los trajines cotidianos, construyen sus alianzas con el aire.
Pulverizan el azar
Camino

Camino
En cada lugar donde hoy crece un jazmín, una acacia suspira por las abejas, un sorbo de luz suspende el polvo de un cuarto, alguna vez sonreí como un niño de alas tenues.
Para llegar a ser, he atravesado albos cielos de júbilo, extensas planicies con campanas.
Tras cada manantial, urgente brisa de plumas, aire morado atardecido, me escondí, hombre sentado en el costado de la esperanza, viéndome venir.
Para estar aquí he probado las granadas más rojas del edén. Su jugo ha enjoyado mis dientes.
Allí, donde es más inocente el desierto, en el punto desde donde tu mano comienza a desplegarse hacia los demás, en el rectángulo de sol donde el viejo pone su silla, exactamente en esos espacios tragué saliva, inminente amante.
Mi hora fue un vino ahí, agazapado cerca del alma.
Pero luego, donde el camino hacía un recodo sombrío, donde la casa guardaba los fantasmas de las pequeñas traiciones, donde lo pulido se hizo arista cortante, un pájaro de ceniza, para siempre, cesó el trino.
Entonces, mis pasos superaron horizontes de fango, tensando mis músculos hasta desfallecer, hasta poder volver.
Ahora, bajo todas las estrellas perdidas en las noches de septiembre, cerca de un jardín en plenilunio de azahares (más estrellas), junto a los gatos canallas que acechan en los muros descascarados, sigo buscando, brújula orientada hacia mi centro.
Mi cuerpo es un mapa donde hollar los viejos viñedos perdidos, las míticas uvas del sol, los surcos por donde viajaron tus ojos hacia mis raíces.
Entre ciclos de mármol, galerías de lava sólida, bosques monótonos, mudas telarañas, resiste mi resplandor, mi carcajada, mi voz.
Aunque me diga: Pero, no todavía.
Aunque pregunte: Cómo, entonces, el vino? Cómo, entonces, el agua? Cómo, entonces, la sangre?
Bailo una música hecha de vino, fresca de agua, roja de sangre que amanece. Aprendo cada día, ingenuos pasos de baile con la madre tierra.
Camino. El otoño sucede.
martes 25 de marzo de 2008
Equilibrio
Equilibrio
Esta noche le hubiera gustado a mi padre.
El viento es una cimitarra que siega la oscuridad de los campos. Llueve en la inmensidad del desierto que es un mar muerto de frío donde nada el silencio.
Los hombres se han replegado bajo los techos y esperan.
Mi padre esta noche hubiera sonreído junto a la ventana viendo como el mundo se llena de espectros, de jardines sin flores, de plegarias de invierno.
Bajo esta lluvia la noche es una estatua de agua que pierde el equilibrio y cae, como se cae en la eternidad o en un instante del pasado.
Mi padre hubiera abierto la ventana para dejar que el viento le trazara los rasgos, para permitirle a la escarcha ir de juego por su pelo. Sus ojos habrían brillado con más intensidad que el hielo que se adivina en las montañas. Luego buscando asiento junto al fuego de la chimenea, habría encendido un cigarrillo y apagado la luz.
Le hubiera gustado el silencio: el chiflón en los pinos de la acera, el crepitar de los troncos de durazneros floreciendo fuego, la gotera en el patio, su espirar el humo del cigarrillo, el crujido de sus muñecas, su corazón galopando en suelos de algodón, el gorgoteo del vino buscando en la oscuridad el fondo del vaso, el discurrir del vino hacia su alma...
He salido a caminar esta noche. Las calles resuman agua, la corriente de aire se mete por los rincones de mi abrigo, me llueve sobre los ojos. Aparte de mí, no hay gente caminando esta noche. Hasta los perros han buscado resguardo. Es una noche sólo para rebeldes. Trato de silbar algo, pero sólo consigo soplar un vapor triste que se pierde en la lluvia.
Mi casa está a oscuras y tibia. Cuando entro me recibe el silencio. Me sirvo un vino y me acerco a la ventana. Afuera, el mundo se disuelve en un remolino de sueños húmedos. Un mueble cruje en la oscuridad. Siento un escalofrío.
Mi viejo amaba las crudas noches en que el invierno arrecia con sus ejércitos de cristal. Me hundo en la caricia del vino.
Tengo derecho a estar triste. Esta noche muero y renazco un poco. Hoy mi padre hubiera cumplido 80 años.
Fiestas

Fiestas
Mi padre, que era ateo y piadoso, respiraba sueños por navidad.
Aunque no hablaba mucho, comunicaba a su alrededor los presagios intangibles de la sangre. Con varios días de antelación empezaba a surtir las altas estancias de la casa con cajones de duraznos, damajuanas de vinos oscuros y delicados como la brisa de la noche, turrones que brillaban en el cielo de nuestro deseo.
El día de la fiesta cargábamos el auto con todas las vituallas y viajábamos, en nuestra módica barca rodante, hacia su pueblo natal. Su casa hervía de palomas y hermanos. Y a mi padre el aire se le poblaba de palomas cuando estaba con los suyos.
Mientras los hermanos y hermanas fumaban y bebían alrededor de los fogones, los hornos y los calderos, la ironía era una joya compartida que estallaba en risas. Los niños nos sentábamos en los rincones y escuchábamos maravillados las historias eternas y nimias: de cuando fueron a robar sandías y se les hizo tarde y la madre les pegó unas bofetadas en las asentaderas a todos menos al hermano que tenía un duende en el corazón y unas tablas debajo de los pantalones; de cuando se bañaban desnudos en los canales asustando a las mojigatas; de cuando se disfrazaban para los muertos carnavales de los años ’30 en el mortecino oasis construido sobre el salitre y el polvo a orillas del Atuel.
Las fiestas de fin de año eran entonces las mesas y las almas colmadas; la gracia de un aire dorado; el adobe de la casona familiar llena de cuartos cerrados por los difuntos y un aljibe donde dormía la luna.
Los atardeceres de mis veranos de infancia están llenos del perfume de las acacias y de las blancas damas de noche engalanando las rejas de los dormitorios.
A veces con el vino la vida revuelve los arcones y saca a mi padre sonriendo otra vez: los ojos chiquitos y llenos de palomas. Sentado en la penumbra del patio brindo con él, que me enseñó que mi sangre es compartida, que mis sueños de libertad sangran vino. Ahora que me acompaña en cada vino. Ahora que ya no está.
lunes 24 de marzo de 2008
Transpolar

Entre la noche menguante y la mañana creciente caducaron nuestros billetes de ida en el vuelo transpolar. En un fogonazo de oscuridad las hormigas me comieron el aire y en mi aire estaba el viaje.
Es una pena: no más trineos surcando lo blanco bajo un cielo rojo; no más mares esmeraldas donde los delfines son paréntesis aclarando la palabra sol; no más vinos en terrazas acariciadas por la brisa; no más China horizontal: todas esas estampillas que llevaba en la piel de viajera.
Se cansó supongo, antes de empezar, en hangares sacudió sus alas de grulla y se quedó con sus increíbles ojos veteados observando como me iba hacia la nada.
Estoy acomodando mi equipaje en un rincón (yo también me iré algún día): un traje de la suerte, un astrolabio que tenía por estrella sus labios, mis ojos de mirar la mañana, mis manos de abarcar sin apretar, un libro de librar, la rosa que le di los primeros días, seca ya, frágil como una mariposa volando entre las navajas del invierno, mi máquina de hacer fuego.
Camino, ahora sólo puedo caminar buscando los porqués bajo las piedras.
La nada no es nada: duele. De las bocas más hermosas vienen las palabras mas tristes y sus sinónimos: desierto, yermo, baldío, fin. Nada es igual a nada, nada se parece a Nada.
Ella sacó sus tetas al balcón y consiguió un ticket de cabotaje. No la culpo, no existen los vuelos transpolares para quien no puede creer.
Adiós luna desde el cielo, agua regia que corroía lo real.
Sigo
Poli Sáez
22/06/06
sábado 24 de febrero de 2007
Al principio

No había nada sobre la tierra. Nadie siquiera que la nombrara, que enunciara su aridez, su vastedad, su profundo vacío. El aire no conocía el ala, ni el suelo la garra. Inconcebible era el ruido. Así de irreal, así de nada. El sol trazaba su elipse sobre un yermo que era el envés de su fuego, y el brillo, su inexacto espejo. No había norte, ni abajo, ni arriba; por no haber no había sur. El río no era pasajero.
Eso fue el principio.
Después, nos aposentamos sobre la tierra. De a dos. Caminábamos desnudos, simples, remontando y bajando las dunas. Sin otro indicio que la luna verde que encallaba entre las nubes y naufragaba en nuestro espacio de arena.
Por no saber, por intuición primigenia de la cercanía, confundimos la piel con el sílice y nos tocamos como si llegáramos a otro planeta, como si hubiera un rumbo que tomar. Fuimos uno y otra, fuimos un territorio.
Y de vernos, de sentir el calor de los cuerpos, fuimos diciendo, a cada convulsión de la carne, los nombres: beso, ojos, caballo, árbol, huella, pulso, presagio, aire, trino, vos, yo.
Nos tendimos, luego, casi uno todavía, a respirarnos, a ser esplendor palpitante sobre la nada que ya no era, a vernos de nuevo, distintos. Mirándome a los ojos dijiste: cielo. Yo, levantando la vista hacia lo siempre azul, dije: vos.
Nos quedamos en silencio.
Adelantamos, como en una plegaria, los nombres: fuego, sangre, olor, vino, damasco, seda, agua, sed.
Acercamos por gravedad nuestras bocas y el mundo fue sustancia y la carne lo único eterno, el instante del ser, la estrella que vive.
Poli Sáez
Eso fue el principio.
Después, nos aposentamos sobre la tierra. De a dos. Caminábamos desnudos, simples, remontando y bajando las dunas. Sin otro indicio que la luna verde que encallaba entre las nubes y naufragaba en nuestro espacio de arena.
Por no saber, por intuición primigenia de la cercanía, confundimos la piel con el sílice y nos tocamos como si llegáramos a otro planeta, como si hubiera un rumbo que tomar. Fuimos uno y otra, fuimos un territorio.
Y de vernos, de sentir el calor de los cuerpos, fuimos diciendo, a cada convulsión de la carne, los nombres: beso, ojos, caballo, árbol, huella, pulso, presagio, aire, trino, vos, yo.
Nos tendimos, luego, casi uno todavía, a respirarnos, a ser esplendor palpitante sobre la nada que ya no era, a vernos de nuevo, distintos. Mirándome a los ojos dijiste: cielo. Yo, levantando la vista hacia lo siempre azul, dije: vos.
Nos quedamos en silencio.
Adelantamos, como en una plegaria, los nombres: fuego, sangre, olor, vino, damasco, seda, agua, sed.
Acercamos por gravedad nuestras bocas y el mundo fue sustancia y la carne lo único eterno, el instante del ser, la estrella que vive.
Poli Sáez
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