sábado, 31 de julio de 2010

Flores de la Luna


La última vez que vi a mi primer amor tenía puesto un primoroso vestido de encaje y estaba como dormida dentro de un ataúd.
Como todo primer amor que se precie de tal, permaneció en silencio, en un rincón secreto del pecho, pugnando por desvelarse. Hasta la fecha, salvo para un par de personas, tuvo el destino de las amarillentas fotos del pasado: estar guardado en la polvorienta caja de cartón de la memoria, para revivir en esos momentos en que el ánimo se parece al crepúsculo de un domingo.
La llamábamos Lila y era una grácil morena de ojos aindiados y cuerpo de junco. Su madre, Elvira, era una amiga de mis viejos que se había separado del marido, y vivía con sus dos hijas menores y un hijo que, en mis recuerdos, hacía eternamente la conscripción. Elvira y sus hijas eran seres cariñosos y sociables que, convencidas por vaya uno a saber quien, me consideraban un niño adorable y digno de atención.
En la época en que las frecuentaba, yo me elevaba cerca de un metro del suelo y contaba con unos belicosos siete u ocho años. Mis padres vivían ocupados en asuntos trascendentes y mis hermanos se burlaban de mí porque me bañaba poco y por ser el menor de la familia. El instinto maternal de Elvira y de las nenas, como ella les decía, fue el primer roce balsámico que tuve con el afecto de las mujeres. Algunas noches, hechizado por sus auras, me escondía en su casa, guarecido de la busca de mis padres que hundían sus llamados en la espesura invernal de mi barrio. Las habitaciones olían a talco y a tostadas con manteca. Solía refugiarme a veces en el ropero y a veces debajo de la cama. Me gustaba probar hasta donde llegaba la miel de sus complicidades. Sabían permanecer en silencio, aún ante las miradas como balas de mi viejo.
En la Lila, que era un par de años mayor que yo, amaba la mezcla de calor, color y olor que emanaba de la redondez de sus hombros. Ella usaba un vestido blanco con rayitas rojas que hacía muy inquietante el escorzo de su mentón apoyado en el hoyo junto a su clavícula. Amaba verla contonearse, caminando en ojotas, las pantorrillas jugando, independientes, en el rotundo espacio de la vereda. Detrás de sus rodillas estaba la promesa aterciopelada de umbrías zonas.
Fue una noche de verano. Al menos recuerdo que la ropa de cama era liviana y escasa. Yo acostumbraba a quedarme a dormir en su casa. Esa noche debe de haber llegado alguna visita, porque a la Lila y a mí nos mandaron a dormir juntos en un colchón en el suelo. Charlamos, según lo acostumbrado, hasta muy tarde. Había una ventana, unas cortinas descorridas. Había una luna que se colaba en la habitación y provocaba frías fiebres en los sueños de los durmientes. En algún momento, se silenciaron todos los ruidos: los susurros y los grillos. La casa entera adquirió la calidad de una nave surcando los campos celestiales. Descubrí que me había quedado sólo en este lado del mundo. Al principio, la sensación, fue un hormigueo en la nuca y en la panza; después el corazón latiendo intolerablemente. Bajo la luz de la luna, mis dedos eran como gusanos blancos, desperezándose. Nadie podrá imaginar el cuidado, el tacto que necesité; la sangre fría que empleé. Mi mano derecha fue hacia su hombro cubierto por la sábana. La operación de mondar la más oscura y sabrosa de las frutas carecía de tiempo. Tomé conciencia de que todo sucedía en un lugar desconocido, pero no me detuve. La fineza de sus hombros, los pezones, suaves como pétalos, de las tetitas sin formar, la arena oscura de la piel, todo lo recorrí con mi ansiosa mirada de virgen enamorado. Estoy seguro que nada se movía en toda la vasta redondez de la tierra, exceptuando, claro, el vaivén de su pecho y mis ojos, grandes como monedas, amándola bajo la luz de la luna.
Me incorporé en el lecho. Acerqué mi boca a la suya. Su aliento suave me llegaba en oleadas. La bombacha blanca se destacaba en el medio de su cuerpo. El sudor me corría formando serpientes heladas en la piel cuando me lancé a la empresa de desnudar el misterio. Estiré el elástico y bajé. La bombacha se trabó a la altura de la cadera. Un vello suave y escaso sobresalía del resto de su cuerpo brillante. Insistí. Ahora que había empezado, quería más, pero el calzón seguía encajado. Para mayor gloria de dios, ella movió sus piernas y, entonces, la prenda cedió hasta la mitad de los muslos. Yo estaba empapado en sudor, tenía mi primera erección conciente y la primera visión de mi futuro desvelo. Acerqué la nariz al tajo palpitante. Aspiré como sólo un enamorado de ocho años puede oler a una chica de diez. Un grillo se despertó en la habitación. Recién ahí me atenaceo la vergüenza. Emprolijé a medias la bombacha y subí la sábana. Todo era como debía ser. Esa era la chica correcta y yo daba mis primeros pasos como insomne. Al dormirme debo de haber soñado que recogía flores en la luna.
Siento que todo, ahora, se desmenuza como ceniza en las manos. El remolino violento que provocaban sus ojos puntuales clavados en mí, se desvanece en retóricas frases en las que me esfuerzo por tocarla, por arrastrarla de nuevo al mundo de los vivos. Para mí, no habrá ninguna igual, no habrá ninguna como la Lila. Pero ella se fue para siempre antes de cumplir los veinte años. Yo pronto entraré a la vejez. El último de mis días, entre tanto desencanto, cuando ya nada me haga falta, llevaré a mi primer amor como prenda de haber sido.

4 comentarios:

indiatuel dijo...

Poli, ese es el amor que se lleva de por vida, bien dicho. El despertar de todos los sentidos y de la mente que llega en esos añitos frescos y puros. Una belleza como has descripto tu experiencia, que me despertó todas las mariposas de esos tiempos y que te agradezco tantísimo tu compartir esa hermosa intimidad.
Bendito sea ese amor que sí es eterno. un besote y un grandísimo abrazo.Nenée

La más mendocina Sopaipilla dijo...

Poli, a mia también me has emocionado con ese relato. No te digo que llegaron a enlagunárseme los ojos por una cuestión de tonto machismo varonil, pero no anda demasiado lejos. Además está tan bien escrito que has recuperado la inocencia de aquellos años, sin duda perdida u olvidada en algún oscuro rincón de tu adolescencia. Un agradecido abrazo Poly. Compartamos estas lágrimas vertidas por aquella instancia que has sabido revivir.. alfio

Unknown dijo...

Poli, gracias por dejarnos compartir esos momentos luminosos de tu memoria....emergen tan frescos, tan tiernos y sentidos que,pese a mis años, han logrado emocionarme y vibrar y disfrutar y compartir ese lenguaje hermoso que tienes para dar nueva vida a tus recuerdos.-
Magnificamente escrito.-
Un beso.

Unknown dijo...

Poli, gracias por dejarnos compartir esos momentos luminosos de tu memoria....emergen tan frescos, tan tiernos y sentidos que,pese a mis años, han logrado emocionarme y vibrar y disfrutar y compartir ese lenguaje hermoso que tienes para dar nueva vida a tus recuerdos.-
Magnificamente escrito.-
Un beso.