Los álamos son un ejército verde que baila en la fijeza de la tarde. Desde la mañana el zonda lame sus hojas, las hace girar alocadas en la luz.
El calor de la siesta tiene puesta una manta en las rodillas, la sequedad parece reventar las paredes de las casas, el sol es un pesado metal colgado de las cosas.
Mendoza duerme la siesta con las puertas y las ventanas cerradas. Las calles son un sudario tendido al paso del aire caliente.
Los hombres se han sentado simétricamente apoyados en el tronco, bajo la sombra de un frondoso plátano. Han trabajado toda la mañana desbrotando los viñedos. Al mediodía han hecho un alto para un almuerzo frugal y ahora dormitan los sueños que trae el agua de la acequia.
Al pie del alto platano los hombres sueñan que están soñando.
Uno, el más viejo, sueña con una niña que ríe mientras juega enredada en el agua de la acequia. La niña tiene los dientes muy blancos y los hombros de seda oscura. La niña mete sus manos al agua y lo salpica con el hielo de su risa. El hombre no se quiere despertar porque sabe que es su hija cuando niña la que lo moja con el pasado. Con el pasado que está detrás de la pesada puerta que ya nunca podrá volver a atravesar. Con el pasado de su cuerpo joven y sus deseos nuevos. El hombre ahuyenta una mosca y sonríe entre sueños. El zonda es una manta en las rodillas del calor.
El otro hombre, el joven que duerme con el mentón sobre el pecho, sueña con una joven que danza entre el perfume de la yerbabuena. En el sueño, el sol se está ocultando y la noche es un vino prometido, un mundo delicioso habitado por el deseo compartido. Ella tiene los pies pequeños, los dientes blancos y los hombros de seda oscura. La mujer lo cerca con su risa, lo atrapa en su aire. Pero el hombre no pretende escapar cuando ella lo baña de futuro. Porque ese futuro es una mano tendida, un puente, un árbol iluminado por la luna. El muchacho se acomoda para seguir soñando. La acequia corre alocada hacia el viñedo.
El viejo y el joven dos caras de la moneda del tiempo. La niña y la joven la misma moneda que baila en el aire del tiempo.
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