El pasajero:
Las percepciones nimias como el brillo de la escama del inasible pez; los gestos de intimidad absoluta, esas manos que descorren las pieles mientras Venus acecha a la luna creciente; lo no intencionado de esas ramas que se doran mientras la razón es un continente a la deriva; los tesoros frágiles de los atardeceres entre pájaros en vuelo y cielos como mares; los relámpagos de las miradas, cuando las redes son echadas entre sargazos brillantes; los rumores elementales en el matraz del cuerpo amado, esa vida inconcebible que transcurre al alcance de mis manos.
El viaje:
La idea de un tiempo como un bloque de caricias y besos que se yergue ante mis días; el vislumbre de un cuerpo que mantiene la flor de fuego aun en el piélago de la senectud; la continuidad de los quehaceres y las compañías, el murmullo constante de la buena rutina y el norte del piloto; el tono de la vigilia y el color de los sueños, siameses desconocidos; las estaciones, ineluctables poblaciones al costado de las vías que camino; el otro que decodifica las voces y los ademanes, mientras fluye sangre, vino y semen; el este que permite el oriente, solitario en la profusión de semejantes.
El pasajero de lo vano y leve en el viaje eterno y cierto.
Escindido y absoluto, acá ando todavía.
Ante el miedo, ruge el amor en las entrañas.